Monday, August 17, 2026

 

Lagrimas , acrilico sobre papel

Rocio Hofmann: el gesto documental

 

Rocio Hoffmann Silva (Coyoacán, Ciudad de México, 1983)  aprendió de su maestro y esposo Manuel Lizárraga Garibaldi (…) una metodología que ella misma describe como "técnicas para crear, pero también para destruir las técnicas". Este aprendizaje —que comenzó con manchas abstractas de las cuales emergen los rasgos reconocibles— se convierte en metáfora del propio proceso identitario fronterizo: la necesidad de partir de lo indeterminado, de lo híbrido, para construir una subjetividad reconocible. Su técnica de iniciar regularmente con el color rojo ("rojo" = "Roho"), tampoco es casual, es una declaración de principios, una marca de origen que se impone antes de cualquier forma definida.

El trabajo retratístico de Hoffmann constituye algo más que una mera exhibición de destreza técnica, es un acto de resistencia cultural en un territorio históricamente definido por la precariedad y la transitoriedad. Su capacidad para capturar la esencia de sujetos con trazos elementales y velocidad asombrosa responde a una lógica propia de la frontera México-Estados Unidos, donde la identidad se construye en constante movimiento y donde la memoria debe afirmarse rápidamente antes de disiparse.

Esa capacidad de sintetizar la personalidad, se convierte en marca de autenticidad en un territorio saturado de imágenes prefabricadas. Al retratar a los actores culturales particulares con tal inmediatez, Hoffmann está construyendo lo que Georges Didi-Huberman (2009)[1] llamaría una "supervivencia de las imágenes": un modo de resistencia ante el olvido institucional y el borramiento mediático.

Finalmente, el trabajo de Hoffmann debe entenderse como una puesta en escena de la hibridez fronteriza. Sus retratos, realizados frecuentemente para públicos bilingües y binacionales, operan como puentes visuales que no niegan la frontera sino que la habitan críticamente, convirtiendo la línea divisoria de un espacio de exclusión en uno de encuentro y reconocimiento mutuo. En este sentido, cada retrato rápido de Rocío Hoffmann es una microhistoria que contrarresta las macro-narrativas sobre la violencia y el turismo: es la afirmación de que en la frontera existen subjetividades complejas, memorias compartidas y una cultura visual propia que merece ser documentada, celebrada y transmitida.

La serie “Lágrimas” (2024) de Rocío Hofmann —realizada como catarsis tras la muerte por cáncer de su joven hijo, con quien mantenía lazos estrechos e intensos— constituye un dispositivo de cura en el sentido preciso que le da la psicoanalista brasileña Suely Rolnik (2006)[2], no sanación ni resolución del duelo, sino transformación de su estatuto, el paso de padecer pasivamente la pérdida a agenciarla creativamente. El motivo del ojo —reducido a su mínima expresión, descontextualizado de rostro— funciona como punto de intensidad afectiva, no ventana romántica al alma, es la herida que no cierra, la insistencia del afecto más allá de la muerte física. Las lágrimas emanan como vectores de emoción, trazo que desciende con dirección pictórica, materia que desborda el contorno del ojo para habitar el caos expresionista del fondo. Esta tensión técnica —el ojo dibujado con precisión fiel al rostro ausente, frente al fondo gestual, manchado, texturizado como piel agrietada— refleja la experiencia del duelo donde la claridad del recuerdo se enfrenta al caos de la ausencia presente.

Para Rolnik (ibid., 2006), el arte cura porque pone al cuerpo a pensar lo que la mente no puede articular; el cuerpo de Hofmann —su mano, su gesto, su elección cromática— sabe algo que el discurso consciente no alcanza a nombrar. Los fondos de la serie lo evidencian: el rojo de la conflagración emocional, el azul de la melancolía distante, el borgoña del dolor madurado, la saturación multicolor de la confusión y así sucesivamente terminan siendo caleidoscopio cromático de emociones.

Cada obra es un estado del alma, una tonalidad afectiva diferente del mismo acontecimiento, y la extensión de la serie —obra tras obra, variación tras variación— ilustra que la cura deja de ser destino final, para convertirse en práctica continua, ecología de afectos donde la repetición no es compulsión patológica es ritual de re-existencia. Hofmann no repite para quedarse presa del pasado; repite para habitar las infinitas facetas de su pérdida, para molecularizar el dolor, descomponerlo en sus elementos afectivos y recomponerlos en forma visible. Finalmente, la obra funciona como dispositivo de transmisión, en la que el espectador no contempla objetivamente el duelo de Hofmann, es atraído por la intensidad cromática, por la tensión entre el ojo hiperrealista y el caos expresionista, activando en quien la recibe memorias corporales de duelos propios. La cura, entonces, es colectiva, transindividual; Hofmann cura al pintar, y su pintura cura al ser vista, ofreciendo en el gesto que nombra la pérdida una forma de seguir.

Una duelo resuelto que perdura. En una entrevista realizada por Leticia Sánchez sobre su obra Puzzle (2025),[3] Rocío Hofmann explica que los rostros que componen esta serie se deforman, fragmentan y ensamblan en un juego de piezas que evoca el estado emocional de quien se siente roto, pero se esfuerza por rearmarse. En palabras de la artista, se trata de "una metáfora visual, un proceso terapéutico que me ha acompañado en el camino. La pintura dejó de ser un ejercicio comercial, una obligación, para convertirse en una entrega íntima, una promesa…" Sánchez señala que esta serie pictórica funciona como una crónica emocional que habla de la pérdida y el dolor, pero sobre todo de la esperanza y la fortaleza que emergen cuando la vida obliga a recomponerse. De este modo, la práctica de Hofmann actualiza la noción de Suely Rolnik  el arte no solo representa la herida, sino que cura, pues en el acto mismo de crear se activa un proceso de reexistencia que transforma el sufrimiento en potencia vital.

En la obra más reciente de esta autora, la ironía adquiere un rol central. La artista retoma figuras ancestrales prehispánicas y, mediante un acto crítico, las convierte en protagonistas de una actualidad turística y tecnologizada: Coatlicue, en cuclillas y absorta con un teléfono celular en mano; la cabeza de Tláloc coronada con una gorra de béisbol rosa; la esfinge de Quetzalcóatl portando gafas de sol y aros que cuelgan como piercings nasales o adornan el plumaje; Coyolxauhqui, la diosa mexica de la luna, desmembrada, donde un pie de la deidad luce un tenis azul. Esta operación establece una retórica de elementos identitarios resignificados mediante una ironía que raya en el sarcasmo como estrategia de crítica social.

El procedimiento de la artista dialoga con la propuesta de Byung-Chul Han, quien en La sociedad de la transparencia (2013)[4] sostiene que la cultura contemporánea somete todo lo sagrado a la lógica del consumo y la exposición mediática. Donde Han diagnostica la pornopolítica —la obligación de exhibirse para existir—, esta obra materializa dicha condición: las deidades, despojadas de su aura ritual, se prostituyen como selfies arqueológicos. Sin embargo, a diferencia de la melancolía de Han, la ironía de la artista introduce una fisura, el sarcasmo que no solo denuncia la mercantilización de la identidad, tambien la expone en su ridículo, forzando al espectador a reconocer su propia complicidad en el circuito turístico-tecnológico. Así, lo prehispánico no se rescata como patrimonio puro, ni se condena su apropiación, se presenta como simulacro inevitable, habitado tanto por los dioses como por quien los pinta con el filtro adecuado.

El valor estético de Rocío Hofmann reside en su dominio de la tensión dialéctica entre control y abandono. En Lágrimas, el ojo hiperrealista funciona como ancla semántica que sostiene la mirada mientras el fondo se desborda en caos expresionista; en Puzzle, el rostro fragmentado convierte la desarticulación en una poética del ensamblaje emocional. En ambas series, la superficie pictórica deja de ser soporte para convertirse en evento: el afecto no se representa, sino que se produce en la fricción entre la precisión anatómica y la materia descontrolada, generando un campo visual donde el cuerpo del espectador es atraído antes de que la cognición interponga sus categorías.

Su evolución cromática —del rojo fundacional a la paleta del duelo, pasando por la ironía de sus deidades contemporáneas— revela una sensibilidad que opera en registro fisiológico más que simbólico. Hofmann no usa el color como signo convencional, sino como atmósfera afectiva que envuelve y desagrada al cuerpo. Esta cualidad ambiental, conjugada con una factura que oscila entre el trazo velocísimo del retrato fronterizo y la densidad texturizada de sus fondos gestuales, alcanza un punto agudo en la serie prehispánica: al forzar el encuentro entre lo sagrado y el selfie, entre la deidad y el filtro turístico, la artista expone la condición de lo sagrado en la modernidad tardía sin nostalgia reaccionaria ni cinismo desencantado, interpelando al espectador como cómplice de la mercantilización que denuncia.

En última instancia, la pintura de Hofmann es un territorio de resistencia sin consuelo falso. Su obra no cierra el duelo, no reconcilia la frontera ni rescata puramente lo ancestral; ofrece, en cambio, un espacio de visibilidad donde lo fragmentado y lo híbrido pueden ser vistos en toda su complejidad. En un momento histórico saturado de imágenes descartables, devuelve a la pintura su potencia ritual: la de detener el tiempo y proponer que en el gesto mismo —en el trazo, en la mancha, en el color que se impone antes que la forma— reside una forma de verdad que solo el cuerpo, y no el discurso, puede alcanzar a nombrar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Didi-Huberman, G. (2009). Imágenes pese a todo: Memoria visual y holocausto (J. L. Pardo, Trad.). Akal.

[2] Rolnik, S. (2006). Cartografía sentimental: Transformaciones contemporáneas del deseo. Editorial Traficantes de Sueños.

[3] Sánchez Medel, L. (2025, 1 de septiembre). Rocío Hoffmann y su travesía del dolor hacia la esperanza; el arte como sanación. Milenio. https://www.milenio.com/cultura/pintora-rocio-hoffmann-muestra-travesia-dolor-esperanza

[4] Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia (T. Kauf, Trad.). Herder. 


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