La fotografía documental constituye uno de los lenguajes más poderosos
para registrar y denunciar la realidad contemporánea, funcionando como un
testimonio visual que trasciende barreras culturales y lingüísticas. Su
relevancia radica en su capacidad para capturar momentos auténticos,
transformando lo efímero en evidencia permanente y generando empatía donde las
palabras a menudo resultan insuficientes. Como señala Susan Sontag (2006)[1],
la fotografía no solo documenta la realidad, tambien la interpela,
convirtiéndose en un artefacto que obliga al espectador a confrontar aquello
que preferiría ignorar.
En un mundo saturado de información, una imagen bien
construida logra detener la mirada, provocar reflexión y, en el mejor de los
casos, impulsar acciones concretas. El fotógrafo documental observa,
selecciona, enmarca y contextualiza, asumiendo una responsabilidad ética
tremenda al decidir qué historias merecen ser contadas y cómo deben presentarse
al público.
Esta dimensión ética es particularmente relevante en
el contexto de la fotografía ambiental, donde, como argumentan Sidney Dobrin y Dean
Morey (2009),[2]
la construcción visual de la naturaleza tiene efectos materiales directos sobre
cómo tratamos el entorno, pues nuestra
Manuel Cruces©
/ Paisaje natural costero cerca de playa Malarrimo.
comprensión del medio ambiente se ha desarrollado dentro de una cultura
que ve y entiende la naturaleza a través de imágenes.
Precisamente en el registro de nuestra negligencia con
la naturaleza y nuestra indiferencia ante la contaminación, la fotografía
documental adquiere una urgencia incuestionable. Imágenes de océanos saturados
de plástico, bosques reducidos a cenizas por la deforestación o comunidades
afectadas por vertidos tóxicos no permiten que el espectador se distancie
cómodamente del problema.
Esta disciplina convierte lo abstracto —como las
estadísticas sobre calentamiento global o la pérdida de biodiversidad— en
realidades tangibles y emotivas que exigen una respuesta. Como sostiene Rob Nixon
(2011)[3] en
su concepto de "violencia lenta", muchos daños ambientales son
imperceptibles en el corto plazo, y es precisamente la fotografía la que puede
hacer visible esta destrucción gradual que de otro modo pasaría desapercibida.
Cuando documentamos con honestidad el daño que causamos al planeta, la
fotografía se convierte en un espejo incómodo que refleja nuestra complicidad
colectiva, desafiando la indiferencia y recordándonos que cada paisaje
devastado es, en última instancia, un retrato de nuestras decisiones como
especie.
Manuel Cruces Camberos (Tijuana, Baja California, 1960), dirige su cámara al objetivo y registra uno de los espacios más emblemáticos de la península de Baja California: la Laguna Ojo de Liebre, santuario de la ballena gris, lugar de apareamiento y nacimiento que forma parte de la Reserva de la Biosfera de El Vizcaíno. Pese a su protección como reserva invaluable, su ubicación geográfica hace casi imposible una protección efectiva: las corrientes marinas arrastran constantemente todo tipo de objetos desechados por el ser humano que, desde las calles y arrastrados por las lluvias hacia los ríos, terminan contaminando el mar. A esto se suman los desechos de las plantas de las compañías explotadoras de sal que marcan la extensa playa de Malarrimo, contigua a la laguna citada, convirtiéndola también en el destino final de estos residuos.
La fotografía documental de Manuel Cruces, en esta
muestra, se convierte en un recurso necesario para señalar los equívocos de una
sociedad absorta en vivir con prisa, consumir desaforadamente y contaminar como
consecuencia de su actuar negligente. En su análisis de la retórica visual del
activismo ambiental, Keiven M. DeLuca (1999),[4]
plantea que las imágenes funcionan como "eventos" discursivos propios
que subvierten la lógica mediática dominante y promocionan comprensiones
retóricas específicas sobre los movimientos sociales. En este sentido, el
trabajo de Manuel, además de documentar, interpela activamente al espectador,
rompiendo la comodidad de la indiferencia.
La exposición La desventurada contaminación de un
paraíso, presentada en el Pasillo de la Fotografía "Vidal Pinto"
del CECUT, da cuenta de estas calamidades mientras señala, en algunas imágenes,
el esplendor de la naturaleza y, en la siguiente, su contaminación consecuente:
una manera sutil y franca de evidenciar nuestro actuar indiferente ante la
responsabilidad que implica preservar nuestro entorno. Manuel supo combinar las
imágenes y enganchar al espectador para reconocer nuestras irresponsabilidades.
Esta estrategia visual responde a lo que Liz Wells
(2011)[5]
identifica como la función de la fotografía de paisaje contemporánea: si bien
representa la naturaleza, revela con claridad las relaciones de poder y las
prácticas humanas que la transforman. El contraste entre la belleza primigenia
y su degradación funciona como lo que Finis Dunaway (2005)[6]
denomina el "sublime ecológico": una respuesta estética postmoderna
que no idealiza la naturaleza, sino que expone su vulnerabilidad frente a la
intervención humana.
Manuel Cruces©
/ Ballena con soga atada a la cabeza en la Laguna Ojo de liebre.
Cabe reconocer el valor denunciante de la obra y el
testimonio de una espléndida naturaleza, dos abordajes que dejan ver la mirada
atenta del autor, quien con un registro pulcro y encuadres claros deja
constancia también de su conocimiento del oficio fotográfico; cualidades que
exigen que la fotografía ambiental efectiva requiera tanto rigor técnico como
compromiso ético, pues su objetivo no es únicamente informar, es movilizar
conciencias; por tanto, la pulcritud técnica de Manuel Cruces no es, un mero
virtuosismo formal, aquí resulta una estrategia retórica que otorga
credibilidad a su testimonio visual.
En tiempos de incertidumbre, de negligencias sociales
y de enorme apatía por el cuidado del entorno, La desventurada contaminación
de un paraíso, de Manuel Cruces Camberos es un duro golpe a nuestro actuar
indolente y un reconocimiento al olvido de nuestras responsabilidades. La
fotografía puede, además de hacer visible la realidad existente de la
contaminación, también iniciar una forma de subjetividad democrática
participativa, permitiendo que las demandas del artista se vuelvan visibles y,
con ellas, las de la naturaleza que documenta. El proyecto de Manuel, en última
instancia, es un registro de un paraíso en desventura, al tiempo que se
convierte en un llamado a la responsabilidad colectiva frente a la crisis
ambiental que hemos provocado.
Manuel Cruces©
/ Atardecer en el refugio de aves, Guerrero Negro.
Roberto Rosique ha desarrollado una trayectoria multidisciplinaria que combina la práctica artística, la investigación y la docencia. Es Médico General, con especialidades en Pediatría y Oftalmología Pediátrica, además de Licenciado en Artes Plásticas. Obtuvo el grado de Maestro en Docencia y el de Doctor en Pedagogía Crítica. Ha expuesto su obra en México y el extranjero, y es autor de esculturas urbanas emplazadas en diversas ciudades, entre ellas Tijuana (2004), Toluca Es Maestro Fundador de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Baja California (2003), docente de materias teóricas de la misma institución, curador independiente, Investigador en artes y Coordinador General de la Trienal de Tijuana: 1 Internacional Pictórica (2021) y su segunda edición (2024). Investigador SNII, Nivel 1
Como crítico y ensayista, ha publicado una decena de libros y artículos académicos centrados en la cultura artística de la región fronteriza, de entre ello destacan:
_Voces discrepantes del arte de Baja California (2026). Premio “Ensayo”, Premios
Estatales de Literatura, Secretaria Estatal de Cultura/ ICBC
_Entre réplicas, condescendencias y originalidad. El
arte en Tijuana y su devenir. (2026) (Selección anual del libro universitario (UABC)
_Salvador Magaña. Del juego de las formas a la
síntesis. (2019). Fondo
Regional para la Cultura y las Artes Noroeste. Secretaría de Cultura / ICBC
_Los 70s. Un periodo imprescindible de la plástica en
Tijuana, (2017). UABC (Selección anual del libro
universitario (UABC), Tirant to Blanch Editorial.
_De aquellos paramos sin cultura… Tres décadas de arte bajacaliforniano: de lo retiniano
a lo conceptual
(2016) CECUT, ICBC.
robertorosique@uabc.edu.mx / robertorosique@gmail.com
[1] Sontag, S. (2006). Sobre la fotografía. Alfaguara. (traducción de Carlos Gardini, revisada por
Aurelio Major)
[2] Dobrin, S. I., & Morey, S. (2009). Ecosee: Image,
rhetoric, nature.
State University of New York Press.
[3] Nixon, R. (2011).
Slow violence and the environmentalism of the poor. Harvard University
Press.
[4] DeLuca, K. M.
(1999). Image politics: The new rhetoric of environmental activism.
Guilford Press.
[5] Dunaway, F.
(2005). Natural visions: The power of images in American environmental
reform. University of Chicago Press.
[6] Wells, L. (2011).
Land matters: Landscape photography, culture and identity. I.B. T





