Sobre la naturaleza de la traición institucional
Una sintética
reflexión ética a propósito del desplome de las máscaras.
Por Roberto Rosique
El parásito
que mata a su huésped.
En política hay un
fenómeno que se repite una y otra vez: el exceso de ambición que hace que
algunos pierdan de vista cualquier límite moral. Imagina una alianza que no
nace de convicciones profundas, sino de pura conveniencia. Partidos pequeños
que, sin fuerza propia, se cuelgan de un movimiento mayor con la promesa de
“acabar con la corrupción” y, de paso, asegurar su propia supervivencia.
Al inicio todo parece heroico: la unión contra el enemigo común. Pero
pronto se revela la lógica real: el partido menor se alimenta del grande, no
para fortalecer el proyecto, sino para mantener sus privilegios —cargos,
financiamiento, visibilidad— sin aportar nada sustancial. Y cuando llega el
momento de gobernar, el “aliado” muestra su verdadera cara: prefiere ver caer
al movimiento que lo hizo posible antes que soltar los beneficios obtenidos. No
es simple ingratitud, es parasitismo político disfrazado de “autonomía”.
Principios del egoísmo institucional. Este tipo de traición sigue una
lógica muy clara: primero, el medio sobre el fin. El partido deja de ser un
instrumento para transformar la sociedad y se convierte en un fin en sí mismo.
Su “vida legal” justifica cualquier traición.
Después, el
oportunismo como virtud. Negociar con cualquiera, incluso con los adversarios
de ayer, se vende como “realismo político”. La ética se sustituye por el
cinismo.
Por último, el
costo lo paga el pueblo. Las rupturas no las sufren los dirigentes, sino la
ciudadanía: inestabilidad, retroceso, pérdida de confianza y de recursos que
bien pudieron aterrizar en el bien común. Es violencia estructural disfrazada
de estrategia.
Esta conducta no es nueva en la historia política. Los romanos
distinguían entre alianzas de virtud (amicitia) y alianzas de interés (societas).
Más tarde, Gramsci denunció el “transformismo”: dirigentes que se integran al
sistema para conservar privilegios, debilitando al movimiento que los impulsó.
El oportunismo institucional no roba dinero de manera directa; roba futuro.
Erosiona la memoria colectiva y normaliza la traición como estrategia de
ascenso. En la Revolución Francesa, traicionar la voluntad general era
considerado el crimen político más grave.
Desde la ética del cuidado, romper una alianza en el momento más crítico
es un abandono moral, ya que se traiciona la responsabilidad hacia quien te dio
existencia política.
Desde Kant, se viola el imperativo categórico, se usa a los ciudadanos como
medios, no como fines, y ya desde el utilitarismo, el cálculo es claro: el
beneficio de unos pocos no compensa el daño colectivo.
El Judas contemporáneo. El traidor político no es el opositor abierto, es
aquel que besa para entregar; su poder está en la confianza que se le otorgó.
Como Judas, no niega desde fuera; este traiciona desde dentro. El resultado puede
ser devastador, destruir no solo a su aliado, sino la posibilidad misma de
confiar en futuras alianzas. Genera cinismo, y ese cinismo es un crimen contra
el tiempo, pues roba al futuro la esperanza de que la política pueda ser algo
distinto al interés mezquino.
En términos generales, este fenómeno —llámese oportunismo, transformismo
o parasitismo institucional— constituye una forma sofisticada de corrupción. No
roba dinero de manera directa, roba futuro: despoja a las generaciones
venideras de la posibilidad de construir instituciones legítimas y horizontes
de confianza. Su daño es más profundo que el peculado, porque erosiona la
memoria colectiva y normaliza la traición como estrategia de ascenso. El
castigo, por ello, no debe ser la cárcel, sino el olvido y la deslegitimación
histórica: que sus nombres se desvanezcan de los registros honorables y
permanezcan únicamente como advertencia.
Quienes actúan así no son recordados como estrategas, sino como síntomas
de decadencia; no como arquitectos de futuro, son ruinas prematuras de un
sistema que se dejó corromper. La historia no los absolverá, porque su legado
es la desconfianza y la parálisis. Y el juicio crítico debe ser claro: el
oportunismo institucional es la más vil de las corrupciones, pues no solo traiciona
el presente, sino que mutila la posibilidad misma de imaginar un porvenir
digno.


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