Preludios que no anuncian nada, sonatas que no concluyen la obra abstracta de Javier Galavíz
En la odisea de la pintura, existe un instante
paradigmático en que su eje dejó de someterse a la narrativa figurativa y se
abrió al silencio plástico. De ese umbral emergió un lenguaje nuevo, capaz de
evocar emociones profundas, que la abstracción entregó al mundo. Fue un gesto
decisivo, un cambio radical que, como señaló Clement Greenberg, marcó el cierre
de la modernidad; la pintura dejó de imitar la realidad para afirmarse como un
lenguaje autónomo.
Ya en los albores del siglo XX,
antes de la publicación en 1912 del libro De lo espiritual en el arte de
Kandinsky (1996)[1],
se manifestaban las primeras búsquedas abstractas. Hilma af Klint representaba
lo espiritual mediante formas geométricas; Mikalojus Čiurlionis derivaba de la
figuración hacia lo abstracto; Joseph Lacasse experimentaba con influencias
cubistas; y Abraham Valkovitz producía obras no figurativas de base geométrica.
Todos anticiparon la ruptura con la representación tradicional y marcaron los
inicios de la abstracción pictórica.
El camino fue arduo, con momentos
culminantes bien ejemplificados en el informalismo europeo, el expresionismo
abstracto norteamericano, el constructivismo y suprematismo ruso, la escuela
holandesa concretista, el minimalismo —un listado interminable de propuestas
cuyo eje dependía de la abstracción—. No obstante, su capacidad de ofrecer un
lenguaje visual universal, abierto a múltiples interpretaciones que conectan lo
emocional con lo intelectual sin depender de la representación literal,
mantiene vigente esta aproximación. La abstracción permite explorar lo
invisible: emociones, energía interior, espiritualidad y conceptos que
trascienden épocas y culturas.
Preludios y sonatas, de Javier Galavíz, es una muestra
que bajo esa premisa del silencio construye su discurso, una muestra que tiene
sus comienzos en la exposición “Ritual de orígenes” (1997) exhibida en la
extinta Galería de la Ciudad en Tijuana, compuesta por obras que operan desde
el lirismo como fuerza gravitacional, donde la pincelada aleatoria está
presente, pero también actúan desde lo arcaico. Galaviz pinta como quien excava,
capas de pigmento que superponen tiempos remotos sobre el presente del lienzo.
Hay en ellas una tensión entre lo sedimentado y lo gestual, entre la memoria
ancestral que insiste en figurar y la abstracción que se niega a nombrarla. El
arcaísmo no es nostalgia, en estas obras es estrato; lo primitivo que emerge
como residuo, huella de algo que nunca se tuvo, pero que la pintura inventa
como propio.
En las características estéticas de
“Preludios y sonatas” todavía se percibe, aunque con menor intensidad, un
lirismo nacido de una impronta deliberada; sin embargo, las obras de esta
última muestra se distinguen por presentar un abordaje más matizado, orientado
hacia la reflexión.
El título musical de esta exposición
opera como una paradoja bien calculada. Bach y Chopin escribieron preludios
breves, casi improvisados, destinados a preceder; las sonatas, por su parte,
exigen arquitectura, desarrollo temático, recapitulación. Sin embargo, Galaviz
se niega a señalar qué obra corresponde a qué género. Este gesto de omisión no
es capricho curatorial, es el núcleo mismo del proyecto. Al borrar la etiqueta,
el artista transfiere la responsabilidad de la clasificación al espectador,
convirtiéndolo en intérprete activo de una partitura visual que carece de
indicaciones de tempo.
La pintura de Galaviz se presta
particularmente a esta operación. Sus pinceladas varían radicalmente entre
obras: en algunas, la pasta se extiende en pinceladas toscas que conforman
capas cromáticas semejantes a sedimentos geológicos; en otras, el gesto es
líquido, de matices diluidos, dejando que el pigmento sangre por el soporte.
Esta heterogeneidad técnica dificulta cualquier lectura lineal. ¿Es la obra
compacta, de capas densas y cromática vehemente, el preludio que anuncia
tensión? ¿O es la sonata madura, la forma definitiva que cristaliza el ensayo
anterior? La pregunta permanece abierta, y en esa apertura reside el valor del
proyecto.
La ausencia de títulos individuales
genera un efecto de anacrusa colectiva: cada pieza actúa como un preludio que
impulsa hacia la siguiente, de modo que resulta imposible precisar dónde
concluye la preparación y dónde comienza la exposición plena. El recorrido por
la sala se transforma en una experiencia suspendida en el tiempo, semejante a
escuchar un vinilo sin conocer la lista de sus temas. Cada espectador teje su
propia secuencia emocional, desplazándose entre pasajes oscilan desde la
figuración geométrica a la abstracción gestual más libre y desbordada
El silencio mencionado no es
ausencia de significado, es su condición de posibilidad. Al no decirnos qué
pensar, las obras exigen que pongamos en juego nuestro propio archivo sensible.
El silencio narrativo de Galaviz funciona como el espacio entre notas en una
partitura de Morton Feldman (1926-1987)[2] donde el
silencio se convierte en materia activa, la pintura de Galaviz invita a
percibir no la representación, sino la densidad del color, la temperatura de la
pincelada y el ritmo de sus capas sedimentadas.
El rechazo de la narrativa en la
obra abstracta tampoco significa ausencia de tiempo. Al contrario, estas piezas
están cargadas de temporalidad, pero entendida como la durée (duración)
de Henri Bergson (1999)[3] : un
tiempo vivido, heterogéneo e irreversible, distinto del tiempo del reloj. En el
lienzo no hay un antes ni un después, sino acumulación y estratificación, la
presencia simultánea de todas las capas.
El título, Preludios y sonatas,
en otro orden de ideas, funciona como instrucción de uso invertida. No indica
qué escuchar (o ver), sino que activa una escucha atenta al propio proceso de
atención. ¿Es esta mancha un acorde
resuelto o una disonancia que aguarda? ¿Es este campo verde
una exposición del tema o su variación? Al
negarnos la certeza, Galaviz nos devuelve a la condición que Roland Barthes (1989)[4] atribuía
al lector del "texto placentero": el que no consume
el sentido sino que lo produce, que
"escribe" junto con el artista. La obra no está terminada: espera
nuestro tiempo para hacerse presente, en un intercambio donde lo emocional no
es el contenido sino el medio mismo de la comunicación.
El proyecto, finalmente, interpela
nuestra cultura visual saturada de metadatos. Habitamos un régimen donde
Instagram etiqueta automáticamente, donde el algoritmo predice nuestro gusto. Preludios
y sonatas ofrece resistencia: pintura que exige lentitud, lectura que no se
delega, sentido que emerge del encuentro corporal con el pigmento antes que de
cualquier guía de museo. En esa resistencia, la exposición recupera algo
esencial del arte moderno: la capacidad de desorientar como forma de
conocimiento.
En última instancia, la abstracción
de Galaviz se revela como un gesto de resistencia temporal, esto es, pintura
que se niega a envejecer como mero documento de su época porque se sitúa,
paradójicamente, fuera del tiempo histórico lineal. Si la modernidad buscó en
la abstracción la pureza del medio y la autonomía del arte —como en la tesis greenberguiana
del flatness—, (Greenberg, 2001),[5] estas
obras desbordan ese marco al reintroducir lo corporal, lo emocional y lo
contingente como modos de producción de sentido. No son, por tanto, modernistas
en el sentido ortodoxo, sino post-modernas en su operación: citan la
historia de la pintura (el expresionismo abstracto, el color-field, el
informalismo) sin rendirle culto, la usan como material disponible entre otros.
Esta condición de híbrido, ni
retorno al pasado ni superación definitiva de él, es precisamente lo que les
otorga permanencia. Como señaló Thierry de Duve (2000)[6] respecto
a la pintura después de Duchamp, lo que importa ya no es si la pintura está
viva o muerta, sino que siga siendo posible. Y en estas obras la
posibilidad late en cada gesto, la abstracción no como destino alcanzado, sino
como pregunta que se renueva cada vez que el pincel toca la tela. En ese
sentido, Galaviz no pinta sobre la tradición abstracta; la pone en
movimiento y la abre a futuros imprevistos.
Roberto Rosique
Tijuana, B. C., febrero
[1] Kandinsky, W. (1996). De lo
espiritual en el arte (Trad. G. Solana). Barcelona: Paidós.
[2] Morton Feldman fue
un compositor estadounidense, figura central de la vanguardia musical del siglo
XX, conocido por su exploración del silencio y su estética de la escucha
extrema; transformó la escucha musical en una experiencia temporal y perceptiva
radical, donde cada nota y cada silencio adquieren peso propio.
[3] Bergson, H. (1999). La evolución
creadora (Trad. M. García Morente). Madrid: Espasa-Calpe.
[4] Barthes, R. (1989). El placer
del texto (J. V. Fonolleras, Trad.). Paidós
[5] La tesis del flatness de Greenberg redefine la
pintura moderna como un arte que abandona la ilusión de profundidad y se afirma
en su propia superficie, convirtiendo el color y la composición en
protagonistas absolutos.
Greenberg, C. (2001) La pintura modernista y otros ensayos. Paidós, Madrid.
[6] De Duve, T. (2000). Después de Duchamp. Arena
Libros, Madrid.


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