Raúl Choliet, escritor silencioso.
Un ser
humano que prodigó amistad sin condiciones
Nos deja
Raúl Choilet, escritor silencioso de la literatura tijuanense, y un ser dulce
que supo cuidar las amistades desde el respeto y el reconocimiento del otro:
algo inusitado en una fauna cultural proclive al individualismo, donde el éxito
suele medirsee por los logros y la amistad por la conveniencia. Su partida deja
un vacío enorme, en el sentido más humilde de lo que puede significar la
amistad.
La vida
cierra ciclos sin aviso. Raúl Choliet ha dejado este mundo para transitar,
suponemos, hacia uno más justo. Viejo amigo, compañero del Taller de Literatura
del CECUT/ICBC, cuyo centro de trabajo fue la antigua cafetería central del
Centro Cultural Tijuana: un espacio de historial insuperable, rincón donde se
compartían palabras e ideas, donde se fraguaban proyectos culturales y se
cuestionaban autoridades incompetentes. La casa, en otras palabras, de la
comunidad cultural tijuanense de los ochenta, los noventa y los primeros años
de este siglo.
En ese
espacio pleno de cultura, el Taller de Literatura ocupaba una de las mesas
centrales cada sábado por la tarde, bajo la conducción del literato Jorge Raúl
López Hidalgo, otro personaje inolvidable, a quien hemos mantenido en el olvido.
A este lugar llegaba Raúl Choilet, con su andar pausado, su eterna sonrisa, silencioso,
introvertido al principio, observador acucioso y perspicaz a más no poder. Allí
comenzó, he de suponer, su aventura con las letras. Allí escuchamos y se diseccionaron
sus primeros poemas. Allí inició un camino que llevaría a buen puerto,
publicando su imaginario creativo en poemarios y cuentos: obras que revelaban a
un escritor que partía de sus inquietudes más íntimas para mostrarlas y obsequiarlas
al mundo, sin nada a cambio, más que la gratitud de haberlas leído.
Ya no está
con nosotros. Y es doloroso constatar que muy poco de su obra circula en el
medio. Es probable que la mayoría de quienes hoy participan en este ámbito
digital no hayan leído ni siquiera oído hablar de este gran tijuanense, quien
escribió con determinación, desde su condición, sin pedir concesiones ni
permisos a nadie. Construyó su sueño con sus propios recursos y le demostró a
la institución que los anhelos se cumplen cuando la voluntad es firme.
-Toca a las
autoridades culturales recapitular sobre esto, recabar lo escrito y publicado,
y homenajearlo como lo que fue: un ejemplo de que la escritura no requiere salvoconductos.
-
Escribo
esto porque nunca podré pagar su gratitud, su distinción para conmigo, a quien
siempre reconoció con afecto por el hecho de haber comenzado, junto con otros
autores, a sentirnos escritores en aquel rincón del Centro Cultural Tijuana.
Para mí fue, quizá, la muestra más desprendida y valiosa de quien nunca buscó
otra cosa más que la reciprocidad de la amistad.
Descansa en
paz, amigo. Seguro que siempre te seguiremos viendo, escribiendo solitario,
silencioso y entusiasmado en alguna mesa del viejo Sanborns de Plaza Río.
Roberto
Rosique


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