Monday, August 17, 2026



Ensamblar el tiempo:

Notas para una escultura sin nostalgia

 

Los saberes originarios en América no son piezas de museo ni capítulos cerrados; son una realidad viva que desafía el relato que intentó confinarlos al pasado. Lejos de ser vestigios que sobreviven por inercia, estos saberes operan como recursos activos para pensar —desde la colectividad, la temporalidad y la relación con el entorno— las crisis del presente. Su existencia actual desdibuja la frontera entre tradición y modernidad, y plantea que el proyecto occidental no agota las maneras de dar cuenta del mundo. En ese sentido, su permanencia no solo denuncia un borrado histórico: pone en tensión los propios instrumentos con los que se ha pensado la diferencia cultural.

En este contexto, la escultura se presenta como un campo donde esa memoria se materializa sin convertirse en homenaje complaciente. Las formas animales que aquí se reúnen no evocan un pasado remoto ni una identidad inmóvil: son cuerpos presentes que activan lenguajes tradicionales desde la contemporaneidad, sin pedir permiso para ocupar el espacio expositivo. La obra no ilustra lo ancestral ni lo exhibe como curiosidad; más bien lo pone a trabajar, forzando un diálogo entre técnicas heredadas y problemáticas actuales. Frente a una mirada que aún clasifica lo originario como folclor o artesanía, estas piezas insisten en su condición de arte, desplazando las etiquetas que pretendieron contenerlos.

Álvaro Coria (Ciudad de México, 1969) trabaja desde la escultura con el repertorio zoomorfo de las culturas mesoamericanas —maya, tolteca, mexica— sin reducirlo a ilustración o evocación folclórica. La madera es para él materia de trabajo, no soporte decorativo: la desbasta, la moldea y la somete a procesos de oxidación con ácido nítrico, nitrato de cobre y cobalto que le otorgan una pátina deliberada, cercana a la de piezas arqueológicas, pero construida desde el taller contemporáneo. Esa superficie no busca reproducir el pasado ni invitar a la nostalgia; opera como un desplazamiento temporal que hace convivir, en un mismo cuerpo escultórico, la iconografía prehispánica y los procedimientos actuales. El resultado no es un homenaje a lo que fuimos, es una forma de insistir en que ese imaginario zoológico —de fuerza simbólica y vínculo estrecho con la naturaleza— sigue siendo un lenguaje disponible para pensar el presente.

Animales ancestrales no funciona como monumento a la memoria ni como ejercicio de añoranza. Es, ante todo, una operación de ensamblaje temporal, así el pasado no se representa, se reinventa para servir de base a una pregunta sobre lo que aún somos. La obra no exhibe una herencia prehispánica para contemplarla; la activa como campo de tensiones donde el espectador debe leer, no la ausencia de algo extinguido, sino la operación vigente de un saber sobre el mundo que el discurso occidental intentó, sin conseguirlo, relegar al olvido.

La modestia del ejercicio escultórico de Coria —su apego al trabajo manual de la madera, su rechazo de la mimesis, su confianza en procesos químicos deliberadamente lentos— funciona aquí como una posición frente a la urgencia productiva del presente. No se trata de una oposición reaccionaria entre lo artesanal y lo tecnológico, sino de una demostración de que ciertas formas de hacer, asociadas tradicionalmente a lo ancestral, pueden operar hoy con plena vigencia crítica. En ese sentido, la exposición no propone un retorno, lo que plantea es una interrupción, una forma de hacer visible que el eco originario aún no ha pronunciado su última palabra, apenas define los cimientos de su propio porvenir.

Roberto Rosique

Facultad de Artes Tijuana (Baja California, México)
 

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