Cuarenta y nueve años
y tres días después de la fatídica Masacre de Tlatelolco 68, inauguro una muestra
que en nada corresponde al espíritu de impotencia e incertidumbre de aquellos
dolorosos días del México Moderno; pero quiero dedicarla como recordatorio esos
momentos brutales de un gobierno bárbaro e inútil, que ejecutó a su gente a
mansalva y sin remordimientos; y me atrevo a ofrendarla pues de cierta manera
este trabajo es el fruto de los logros de las peticiones de aquella comunidad hastiada,
cansada de imposiciones y sumisión, que marchó y dio su vida por el cambio del que
hoy gozamos y olvidamos su origen.
Monday, October 02, 2017
Saturday, August 19, 2017
NOS DUELE Y NOS INDIGNA LO SUCEDIDO EN BARCELONA, PERO…
No hay
suficientes palabras para manifestar nuestra indignación por los hechos acontecidos
recientemente en Barcelona, no hay suficientes palabras para decir que nos
duele lo sucedido porque nadie tiene derecho a quitar la vida a nadie; por lo
que era de esperarse la respuesta mundial que repudia tales hechos. La rabia de
la impotencia ante estos actos sanguinarios que reflejan las inequidades del
mundo, que reflejan la disconformidad por una sociedad completamente dispareja
donde el poder está en manos de unos pocos, mientras la gran mayoría sometida
vive condicionada a la ambición desmedida, que no únicamente trastoca el orden
mundial sino que orilla a grupos extremistas a encontrar pretextos para
descargar su ira (fundada o infundada) sin importar que sus acciones afecten a
vidas inocentes. El coraje desmedid vuelve al hombre -con más rabia- el lobo
del hombre, y ahora lo hace desde la infamia, desde la barbarie, desde la
atrocidad que no distingue a honestos de culpables, de ahí que actos como el
acontecido en Barcelona se vuelven (por la indignación que provoca) la razón
que une voces en el mundo para denunciar, condenar, para exigir el castigo
severo de los culpables; en este caso, como tantos otros atribuidos (por ellos
mismos o el sistema) a estas células extremistas musulmanas.
Es duro aceptar
que sólo después de estas acciones perversas el mundo busque unidad y exija
castigo, como sucedió después del
atentado del 11 de septiembre de las torres gemelas de Nueva York y la larga
lista de lo acaecido en otras ciudades primermundistas (Londres, Madrid, Paris,
etcétera), lo que está perfectamente justificado; sin embargo se olvidan o
ignoran otras actos tan perversos y más atroces como los sucedidos durante el
reinado del Presidente Pena Nieto, responsable de la friolera suma de más 90 mil
muertos por violencia en lo que va de su mandato y cuya impunidad no los
contabiliza, los ignora o los solapa. Eso duele también, indigna y da tristeza
que esto no sea considerado por el mundo “civilizado” como un acto de terror,
que no se juzgue a un sistema perverso como el mexicano que impunemente tolera
y propicia la barbarie. Esto debe condenarse mundialmente y sancionarse con
todo el peso que se merece, pero el silencio internacional que le acompaña, la
indiferencia que encubre y que indulta todo o sólo alza sus voces indignadas
selectivamente, es una injusticia imperdonable que también duele y preocupa. Nos
duele Barcelona como nos debe doler México y cualquier otro país del Sur Global
en las mismas circunstancias. Roberto Rosique.
Wednesday, August 02, 2017
CUENTOSDEAMORYMUERTEYMUERTESPORAMOR
S
|
ergio Lugo, escritor sinaloense afincado en TJ ya desde algunos ayeres y
autor también de la novela Huellas del alma,
publicada en el 2008 por la editorial de este centro cultural. El libro que
ahora nos reúne, impreso el año pasado por el Instituto Municipal de Cultura de
Culiacán en su estado natal, denominado: Cuentos
de amor y muerte y muertes por amor, un título intencionadamente
reiterativo como para indicarnos que si pensamos en otros contenidos erraremos sobre
la aventura que este libro depara. Buena intención. Con un breve prólogo de
Gabriel Trujillo, y compuesto por ocho relatos hilvanados todos -tal lo indica
el título-, por el amor y la muerte; en donde engarza también nostalgias,
anhelos, dolor e injusticia. Todo un drama común existencial que el autor
describe de forma amena y pormenorizada.
Haré un esbozo de ellos, con el ahorro de recurso necesario
con el único fin de entusiasmarlos a su lectura y no mal-vender la historia (por
cierto, el pecado más común del presentador de libros). Y digo mal-vender, por
que frecuentemente con el entusiasmo provocado por el contenido o la amistad
con el autor o la torpeza para comprender lo que realmente ofrece el libro,
escribe uno percepciones tan particularizadas que bien pueden ser otras
historias y eso vende o aleja en demasía al lector. Anticipo mi disculpa por si
algo de esto último sucede con mi lectura.
Damián, título del primer relato y el nombre de un
individuo con retraso mental que deambula, como tantos, sin ton ni son por la
vida; estigmatizado desde la infancia por imágenes nada redentoras y supuestos
derivados de su lógica restringida. Una perspectiva limitada que, por si fuera
poco, lo llevará a confrontar su vida con la fatalidad.
El segundo relato titulado Rosalba, una solterona
amargada que ronda en la soledad con su vejez acuesta, rememorando todo el
tiempo su infortunio; sólo comprendida por su sobrino, otro solterón, bastante afines
en ciertas circunstancias, enlazados por la sangre filial (si es que el término
es pertinente) y el fracaso amoroso que cada uno experimenta. Una historia
sobrada de nostalgias, rencores y dolor, que cierra el círculo con la indulgencia.
Olivia, título del tercer relato, hija del pecado, pues
no sabían quién había sido el padre;
nieta de la curandera del pueblo Jesús Ventura, beata irrevocable, crece
a su lado bajo la consigna de que el hombre sólo busca a la mujer para tener
sexo. Protegida en exceso por su abuela hace difícil que hombre alguno se le acerque;
sin embargo, la vida que tiene caminos tortuosos le reserva a Olivia un
desenlace inesperado. El destino, parece remarcar Lugo en este cuento, es una
línea trazada, a veces cruel e inexorablemente inamovible.
Le sigue una triada de cuentos breves de amor y muerte, en
el Cuento 1, Patricio Lagarde un algodonero sinaloense, macho y parrandero, que
muere intempestivamente en una situación suigeneris
dejando a la viuda sumida en la vergüenza, el Cuento 2, Demetrio Valenciano,
cobra una afrenta con un asesinato, que para desgracia de las familias dará pie
a un odio perpetuado en la venganza, y el Cuento 3, Santiago, un borracho
empedernido vive y muere entre ilusiones frustradas y anhelos fracturados por
la indiferencia. Historias breves de cierre abrupto cuyo sustento, desde mi
perspectiva, recaen en lo directo del
hecho narrado.
Chicho, el título del penúltimo cuento y nombre de un
personaje colmado de tristeza que ha transcurrido su vida miserable
recorriéndola en solitario sin hacer camino al andar, y ante la aparente
indolencia de la vida se cierra su círculo en un hogar humilde y generoso que
lo acoge.
Sangre seca, el texto final, que se desengancha de todos
los anteriores por su tópico y contexto, describe el drama doloroso que viven los
indocumentados por alcanzar el sueño americano y que culmina, como es
frecuente, en una lacerante realidad.
Historias sobradas de reproches, de creencias firmes -más
por temor que convicción-, arropadas de la tradición religiosa que hace sumiso
al hombre por miedo al castigo eterno de un dios creado por el mismo; esta
figura omnipotente y dadivosa pero que castiga sin piedad la desobediencia;
¡vaya paradoja!.
Hogares descritos por Lugo con esmero, tan protagónicos
como sus personajes, detallados bajo el drama ampuloso del recuerdo y la
nostalgia; contextualizados en la provincia cuyas atmósferas también define con
apasionamiento.
Cuentos, en su mayoría (la excepción sería Sangre seca) anclados
a un pasado remoto de un México campirano casi en el olvido, que hacen difícil,
por momentos, no rememorar aquella tradición exacerbada por las imágenes idílicas
de la fotografía de Figueroa de la época de oro del cine mexicano o por algunos
pasajes rulfianos, donde el machismo, la sumisión, la ignorancia, la fe, el
odio, el amor y la muerte, son el contexto en el que se desenvuelven, pero
también lo que da corpus a los protagonistas.
Un narrador ágil que encuentra suficientes palabras
claves para lograr la empatía entre lector y protagonista, que busca conmover y
en varios momentos lo logra. Un recurso, por cierto, infalible para dejar
huella que se hace imprescindible en el cuento y que, no obstante, también
puede ser la tuerca floja que hace a la estructura
frágil, por lo empalagoso en que puede convertirse el recurso.
Si bien se dice que los protagonistas del
mundo literario son como una especie de proyección de lo propio, no podría aseverarlo en estos cuentos de Lugo;
sin embargo, sus historias, aun bajo el pretexto de la ficción, se derivan del
sentido de la existencia, es por ello que podemos vernos reflejados o mejor, identificar
a otros con prontitud en estas narraciones. Cuentos pues, hechos con pedazos de
vida que transcurren en una realidad nada complaciente.
Los conmino a leerlos para que saquen
sus propias conclusiones.
Roberto Rosique
Agosto primero, del 17, Cecut
Saturday, July 08, 2017
POSTABSTRACCION
Postabstracción
(Un
índice de insinuaciones)
Desde su aparición en los avatares de la modernidad
europea, su consolidación en la propuesta neoyorquina y su largo recorrido a
través de la historia, la abstracción nace, muere y resurge. Fluye de lo lírico
al gesto, del color a la monocromía, reduciéndose en el plano o explayándose en
la superficie como un todo; manteniendo siempre su condición silenciosa, como
expresión sin voz, que sólo se refugia en el acto o en la emotividad que le dio
origen.
Si bien las piezas de esta muestra, cuya
estructura y componentes ligados a la modernidad dificultan desterrarla del
compromiso formalista, hay una intención que abordada entre la paradoja de la
aleatoriedad del pigmento esparcido en el plano y la dirección controlada del
mismo (en una coalición entre geometrías euclidianas y fractales) y el objeto
ocasional que emerge o se libera del soporte, con lo que se entreteje un
discurso que persigue darle sentido a las ideas, y estas volverse aliento para
lo narrativo.
En este universo postabstracto se deja atrás el peso
del silencio, se apodera de otros componentes, hace alianzas y conforma un
discurso en el que pueden advertirse, a más del gesto y la emoción, historias
que germinan de las lecturas múltiples, confabuladas ─siempre─ con el
espectador.
En un juego premeditado les proporciono voz
al sugerir atmósferas que detonan la imaginación y es precisamente en ese
instante, en que espectador y obra se amalgaman para dar lugar a su propia
narrativa, a la historia personal con que se justifican.
Obras propuestas como un contrasentido en
donde el juego de las formas y lo cromático, en un índice de insinuaciones, se subleva
al silencio, cierran el círculo y abren otros en espera nuevas posibilidades.
Roberto
Rosique
Playas de Rosarito, B. C., Julio, 2017
Thursday, June 22, 2017
Bronce a Bronce a Plenitud de Jorge Marín, lejos de la gratuidad como sinónimo de democracia
Algunas palabras para el libro Bronce a Plenitud de Jorge Marín,
lejos de la gratuidad como sinónimo de democracia.
Roberto
Rosique
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E
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l
libro Bronce en plenitud (2017), que fue presentado en las instalaciones
de El Cubo del Centro Cultural Tijuana, este pasado miércoles 7 de junio, en
una mesa de personalidades diversas en la que participaron Elena Catalán,
coordinadora de logísticas expositivas y promotoría del Estudio Jorge Marín,
Javier Villarreal, crítico y curador de la producción del escultor referido y
autor de uno de los textos del libro, ambos de la Ciudad de México, así como Eduardo
Lozano, curador independiente y director de Periférica, y el que esto escribe; después
de las presentaciones protocolarias, del mensaje de los representantes del
Estudio del escultor homenajeado y de las explicaciones de las razones de
obsequiar el libro a todo asistente al evento, un acto inusitado sin lugar a
dudas, así como el aclarar que el objetivo de tal acción fue específicamente el
hecho de hacer más democrático el arte a través de esta medida.
El
acto se desarrolló sin contratiempos y si bien lo expuesto provocó cierto
escepticismo en relación a la idea de la democratización del arte, hubo una
respuesta incipiente del auditorio, y no sé si fue porque esto los haya tomado
desprevenido o por la satisfacción de tener entre sus manos un preciado libro
de arte. Un aspecto que retomaré al final del texto que presento a
continuación, el que preparé para la presentación a la cual fui invitado y que
finalmente, los coordinadores del Estudio Marín, cambiaron por este modelo de
diálogo y respuesta a una serie de preguntas propuestas por ellos y que en
cierta forma resultaba interesante pues rompería un poco con la tradicionalidad
de hablar de un libro que posteriormente sería leído. Con todo, anexo esta
reseña del libro para quien no pudo acudir al evento, en espera de acercarlos a
la producción de este escultor exitoso, criticado fuertemente por unos y
alabado igualmente por otros y cierto es, bendecido por las preferencias del
sistema; sin que ello implique, aclaro, desestimo de su producción
controversial.
Un
libro editado de manera impecable bajo el auspicio de la Secretaría de Cultura,
la Cámara de Diputados (LXIII Legislatura) y la Fundación Piel de Bronce, A.
C., que contempla, la producción escultórica de Jorge Marín realizada entre el
2005 y el 2016, que en este caso conforman un total de 34 obras vaciadas en
bronce a la cera perdida y una de las piezas en resina; Un gran reto por el
número elevado de obras y todas las implicaciones técnicas y logísticas que
conlleva, que van desde la idea preconcebida, el boceto, el modelado o cualquier
método empleado para su realización y el vaciado; lo que implica y como han de
suponer un arduo trabajo.
Un
libro que da la bienvenida con un close up esplendido que realiza
Luis Armando Rodríguez Garza de la obra “Fuerza de gravedad” (2016); seguido
del prólogo de Sandra Lorenzano que titula: Entre la tierra y el aire,
nuestro propio rostro, que la autora propone a partir de los elementos:
aire, tierra, agua y fuego, los que entrelaza con las obras del autor y
correlaciona con alegorías que brotan particularmente de la mitología griega.
Vincula así, el aire con las posibilidades que otorgan las alas de los
personajes creados por Marín, desde su liviandad, el acto de flotar y toda la
poética que implicaría el hecho de volar; el agua, homenajeada por Marín con
las barcas que atraviesan nuestro espacio visual, que rompen con la inercia y
transportan; la tierra, como origen y raíz, así como el lugar a donde habrá de
volver al fenecer; y del fuego, que permite la alianza matérica y el moldeo del
bronce con el que conforma sus piezas; pero también éste último como elemento
mitificador de nuestra raza, cual metal mestizo, a decir de Carlos Fuentes
según la prologuista, o la raza de bronce, la quinta raza, agregaría, aludiendo
a José Vasconcelos. Entre estos elementos, escribe la autora, está “el camino
por el que nos lleva Jorge Marín” (p.19).
Un
texto en donde las obras consumadas para el presente, las encuentra ligadas al
pasado, que ante el ánimo de la correlación y la buena voluntad, devela las
emociones que provocan las obras de Jorge Marín en Sandra Lorenzano; palabras
que discurre en una finísima línea de aproximaciones no siempre convincentes, a
veces forzadas a una analogía poco clara; pero que con acertada razón reflejan
lo que el escultor puntualiza “Me gusta que con mi obra se dé un dialogo muy
íntimo: esa suerte de espejo donde tú mismo reflexiones sobre tus miedos, tus
deseos, tus fantasías...” (pp.22, 23).
Otro
texto aproximativo a la obra del escultor es el ensayo de Lily Kassner
titulado: Jorge Marín o el ser en plenitud del ser, que “concibe como
una celebración del evidente dominio de los recursos artísticos y de las
técnicas requeridas que ostenta la obra magistral realizada los últimos años
por Jorge Marín...” (p.131). En él describe la belleza proverbial y misteriosa
que otorga el artista a la figura masculina, a las que Kassner atribuye
“cualidades divinas o casi bestiales” (p.132), las que al proporcionarles alas
nos las ofrece en un despliegue angelical ¿o demoníaco? “Seres ambiguos, puesto que también podrían
pasar por emblemáticas entidades protectoras, [que] se presentan de igual
manera como una temible y poderosa especie de pertinaces guerreros e
insaciables predadores” (pp.133, 134).
Personajes
de expectante actitud, vueltos enigma cuando les adosa un antifaz o una máscara
picuda y la autora correlaciona con la alegoría náhuatl del dios del viento
(Ehécatl), el que sopla a través del pico de la careta y con su aliento inicia
el movimiento del sol, anuncia y hace a un lado la lluvia, y trae la vida a lo
que está inerte, o bien, liga a la Comedia del Arte (una forma de teatro
italiano de la improvisación), con el que representan el drama o la tragedia.
Lecturas propiciadas por las emblemáticas figuras de Marín sobradas de
misterio; no obstante que, para el escultor, con el uso el antifaz busca una
clara intención de objetivar. “Al cubrir la cara de mis personajes intento
despersonalizarlos y dejar como único medio de expresión el cuerpo símbolo
universal por sí mismo...” (Marín, p.146). Sin embargo, no con ello cierra las
posibilidades de la reinterpretación, el propio autor conmina a ello.
Lily
Kassner, hace también mención de las figuras fragmentadas, habla de lo fortuito
de su origen y la cercanía que encuentra entre ellas y el Expresionismo alemán.
Describe las propuestas ecuestres, las esculturas marineras (como designan las
obras en las que Marín incluye canoas o embarcaciones); así como las piezas que
representan una diversidad de personajes en plena acción de juegos circenses o
gimnásticos, las que detalla y destaca sus cualidades. Casi al cierre de su
ensayo se pregunta cuál ha sido la función de la escultura, hace un repaso de
la historia de este género, habla de su función pedagógica o didáctica para
ilustrar a las masas particularmente en el ámbito religioso, y hace mención de
su papel ornamental.
La
autora menciona entre los antecedentes de la producción de Jorge Marín, la
estatuaria griega y ejemplifica con la
escultura el Auriga de Delfos (474, a. C.), uno de los pocos bronces griegos
existentes, el que dada su verticalidad y cualidades técnicas del drapeado de
la vestimenta ceñida al cuerpo por correas, asocia con algunas obras de Marín,
y el Discóbolo (450 a. C.) cuya cualidad cinética y el extraordinario
equilibrio, emparenta “con toda proporción guardada” subraya (p.150). Así
también encuentra cercana la propuesta de Marín a Augusto Rodin y a su
discípulo Antoine Bourdelle, y declara
la análoga intencionalidad subyacente entre Rodin y Marín y enfatiza en que “no
obstante la sabiduría anatómica de la que hace alarde, sus figuras carecen de
lógica en cuanto a proporciones, pues éstas sólo están justificadas por las
exigencias de la emoción o el sentimiento correspondiente y las características
psicológicas que plasmó, utilizando la dinámica del cuerpo humano según su
propio criterio estético, para los
fines artísticos que se propuso y logró ampliamente” (p.154).
En
este sentido, agregaría, la perfección -matemáticamente hablando-, vuelve con
frecuencia rígida e inexpresiva la representación pues relega lo emotivo que
deriva de las aproximaciones y la intuición; razones (la perfección y la
rigidez) de las que se desentienden las obras de Jorge Marín y que en tal
ausencia los trabajos de este autor nacidos de la sagacidad, emocionan y generan
empatía.
Es
un texto amplio con muchos ejemplos y poco sustento, el que se ve debilitado
también por las similitudes que propone entre el autor laureado y sus
referentes que no convencen del todo, en el que pesa la plena identificación
del crítico, su gusto y entusiasmo con la obra que analiza y ello reduce la
visión neutral que dé cabida a las subjetividades también del lector; pero
tampoco es obligado que sea de otra manera, el propio Jorge Marín anima a que
sea el espectador el que asuma su responsabilidad interpretativa y con ello se
justifica.
Y
finalmente un excelente texto a dos voces escrito por Alesha Marcado y Javier
V. Villarreal, que titulan: El instante perfecto, aludiendo al espacio
urbano que da albergue a la obra de Marín y su correlación con él, y enfocan
sus reflexiones en particular a cuatro obras, no a tres como menciona Alesha,
en las que la escritora refiere “que despliegan algo íntimo abriendo la
posibilidad a que las historias se multipliquen. [...] con capacidad de
producir situaciones y lugares, y como tal, generar un entrecruzamiento de
experiencias” (p.159). Obras que hablan de la transformación de los procesos
creativos del artista, en las que encuentra “un gradual distanciamiento de los
cuerpos angelicales y perfectos para tocar el alma a través de formas más
humanas”, con las que reproduce, escribe la autora, un ambiente propicio para
la contemplación y el disfrute del entorno urbano. En tanto que Javier
Villarreal, considera que Jorge Marín aborda la calle “conformando obras que
apelan a una estética conjunta entre símbolo y ciudad, un nuevo hábitat
propicio para la imaginación, la indagación y el juego” (p.160). Insisten en su
importancia como componente estático y estético de una urbe cambiante, en
constante movimiento, obras que bien pueden leerse como remansos visuales, que
seguramente, puedo suponer, atemperan la explosiva dinámica citadina y conminan
a la reflexión.
Una
de las obras: El ruido generado por el choque de los cuerpos (2016),
compuesta por tres cuerpos que
permanecen de pie dentro de una embarcación cubiertos cada uno con telas a
manera de un sudario que dibuja muy bien su figura y deja al descubierto los
pies, generan incertidumbre, pues ocultan lo que ya sabemos y revelan
desasosiego. “Esta obra, nos dice Villarreal, trasciende la habitual naturaleza
ideal de los cuerpos que han dado fama a la obra de Jorge Martín” (p.164), para acercarnos a una relación estética más
apegada a lo sublime, entendido como aquello que estremece más allá de nuestros
gustos.
Camino
nuevo (2016), es una obra compuesta por una esfera y un
ala. “Un ala postrada en el piso, refiere Alesha Mercado, puede no significar
una derrota, simplemente tratarse de un nuevo comienzo” (p.171). Una obra
incierta para Villarreal, “una ala completamente aterrizada, plantada, de la
forma más literal, sobre la tierra” a manera de restos arqueológicos, como
vestigios de un algo que fue y hoy es memoria, aferrada a no quedar en el
olvido.
Balsa
Tierra (2016), “Una obra de múltiples opuestos, refiere
Villarreal, tierra, cielo y agua juegan simbólicamente en un mismo conjunto”
(p.177), la balsa representa el agua, la tierra el hombre en cuclillas y el
aire, al ser alado. “Tres instancias... […] tres distintas formas de tránsito y
de habitar el espacio” (p.179).
Intercambio
de contenidos (2016), “Aquí, apunta Alesha Mercado, hay un diálogo
secreto […] aquí, se lleva a cabo un diálogo en muchos niveles: voz con voz,
cuerpo con cuerpo y mirada con mirada. No hace falta decir mucho más” (p.183),
y que según Villarreal, “apunta a lo fundamental del proceso de intercambio de
comunicación, para llegar a entendimiento. […] la escultura media,
simbólicamente, nuestras distancias internas: la balsa es nuestro cuerpo, un
espacio que espera ser ocupado; los dos personajes, nuestras voces interiores
que dialogan entre sí, se descubre, nos descubren, arrinconados en un espacio
de nuestra mente.” (p.187).
Un
libro en el que se hace el recuento de una parte de la amplia producción de
Jorge Marín, en donde es posible detener la mirada y disfrutar las espléndidas
reproducciones fotográficas con sus magníficos acercamientos que incitan al
tacto, tal como seguramente sucedería al entrar en contacto directo con las
piezas; una cualidad, por cierto, que le otorga la tridimensionalidad, así como
el frío y eterno metal envejecido por las patinas. Singularidades que provocan,
atraen y atrapan, cuerpos que con su atavío y antifaz comulgan con el misterio,
tal se ha dicho; en donde la habilidad representacional lleva a la figura de la
movilidad al equilibrio, de la contorsión a la lasitud, de las figuras que se
yerguen casi hieráticas a las que contemplan en cuclillas; solitarias o en su
conjunto siempre enigmáticas y silentes, que sólo encierran suposiciones, las
que nacen de las inquietudes del que las contempla.
Obras
que provocan los sentidos y emocionan, para eso están hechas; no hay en estas piezas
intenciones de relatar hechos históricos, y toda narrativa que se desprende de
ellas, cierto es que remiten a un juego de nostalgias, no son tampoco
aforismos. Jorge Marín, se vale de la reinterpretación de los símbolos que ha
manejado la humanidad por miles de años, así nos lo deja saber, y los reajusta
para hacer un lenguaje propio de cada espectador (p.69).
Un
libro esplendido, se ha dicho, pero que al ser presentado bajo la rúbrica de la
gratitud, del regalo y esto como un gesto o una forma de democratización del
arte, resulta un argumento con muy poco sustento para aceptar como válida tal
premisa y no es para menos, pues quien patrocina: un organismo oficial de
cultura y otro la Cámara de Diputados, provocan desconfianza, sobre todo este
último gremio que ha dado muestras reiteradamente de su desconocimiento de la
cultura, de su servilismo al partido que lo postula y no al pueblo a quien supuestamente
se debe, de su actuar sin escrúpulos vendiéndose al mejor postor, haciendo del
espacio oficial donde sesionan un chiquero en donde lo que predomina es exactamente
la ausencia de democracia, y ante actos así, inexorablemente, se siembran dudas.
Una
acción “generosa” que cuesta trabajo creer en su bondad y como consecuencia provoca
interrogantes, los que van desde el hecho de quién y por qué se seleccionó a tal
autor y no a otro u otros para una edición colaborativa (que a fin de cuenta resultaría
más democrática). Un acto que por bien intencionado que sea resulta difícil
entenderlo como tal, cuando se dice que hubo un tiraje de tres mil ejemplares,
que para una acción masiva democratizante como se pretende, este número resulta
menos que significativo. Un autor célebre y rico en su área ¿por qué habría de
prestarse a este juego? que si bien es generoso resulta poco convincente en su
pretensión.
Seguramente
pensarán que siempre nos quejamos, que si ni nos dan, ¿por qué no nos dan, y si
lo hacen ¿por qué lo hacen? y hay harta razón en ese reproche; más aún cuando
el acto generoso de dar se ampara en la idea de la democratización, esto por
ninguna razón debería cuestionarse, sólo agradecerse y divulgar la buena voluntad;
pero cuando este accionar proviene de un donador poco usual y de dudosa
reputación, que además, se lleva a cabo en circunstancias nacionales políticas,
sociales y económicas críticas como las que vivimos en la actualidad, y cuando
el descredito de estos organismos (ganado a pulso por ellos mismos) parece ser
su condición natural; el regalo, aún cuando sea con la mejor intención del
mundo, no dejará de causar suspicacias.
La
cultura es un bien de todos y para todos, el arte cuando es patrocinado por
organismos públicos también adquiere esas connotaciones y compromisos, nunca ha
de ofrecerse condicionado pues de lo contrario sólo reluce la instrumentalidad
del mismo y merma sus valores prioritarios.
Friday, June 02, 2017
La ridiculez del censurador y su oportunismo ramplón
La
ridiculez del censurador y su oportunismo ramplón
(es
difícil tragarse ese anzuelo y callar)
México (Bueno, Luis
Videgaray bajo la anuencia de Pena Nieto) se indigna con la crisis
venezolana y se auto-propone juez ante el conflicto que vive este
país hermano. De nueva cuenta la maquiavelica participación de este
personaje siniestro aconsejando al presidente (recuérdese la pifia
de traer a Trump a los Pinos, donde este divo burlesco y gandalla se
pitorrea del primer mandatario y de los mexicanos) para tomar una
posición protagonista en su país, ante América Latina y el mundo.
Lo que sin duda fue una bufonada; pero esto último de erigirse
censor, es un cinismo difícil de dimensionar. Sancionar la crisis
político-social de Venezuela, no es únicamente una declaración
“Infame” como le increpa la ministra venezolana de Relacione
Exteriores Delcy Rodríguez (las que Videgaray no refuta), sino
tramposa, rastrera y perniciosa.
Denunciar al sistema
socialista bolivariano como causante de tal conflicto, declarar una y
otra vez el equivoco de tal manejo social (sin jamás mencionar la
realidad que ha sido maquillada por la prensa mundial occidentalizada
y manipulada por las fuerzas hegemónicas, donde Estados Unidos es el
gran orquestador), resulta una desfachatez cínica sin fundamento y
que no le da ningún derecho a recriminar, sobre todo, cuando la casa
de este político faldero se desmorona por la necrosis de su
estructura política.
Pero Videgaray,
envalentonado lo hace con un protagonismo enfermizo e ignorante, y
omite, porque ese es la razón de todo este asunto, la realidad de su
propio país, el más corrupto de América, cuyo sistema político ha
dado muestras una y otra vez de su incapacidad de gobernar, de la
impunidad en todos los sentidos que como marca registrada hoy lo
caracteriza, de la podredumbre política en cada uno de sus
gobernantes (federales, estatales, municipales); una nación con
mayor índice de analfabetismo, criminalidad y violencia
comparativamente con la propia Venezuela que inculpa; señalando la
paja en el ojo venezolano y desestimando la viga que
desvergonzadamente nos cubre a los mexicanos.
La postura más cómoda
es culpar a un tercero de sus fallas y así, ocultar una realidad
apabullante de ineptitud que tiene al país en una crisis social que
no tarda en estallar masivamente, provocada por una inflación
desbordante imposible contener, con uno de los salarios mínimos más
bajos ante el mundo, con una corrupción inconcebible sostenida por
una impunidad galopante y una ineptitud abismal para la
estabilización social y económica del país. La condición típica
de declarar a lo buey, creyendo que el pueblo aplaudirá sus
ocurrencias, dejó hace tiempo de ser la regla. Ser comparsa es
penoso, pero ser pendejo y pensar que nadie se da cuenta es
verdaderamente preocupante.
Venezuela y el resto de
América Latina deberán denunciar y sancionar al gobierno mexicano
por su servilismo con la unión americana y por llevar a su país a
una corrupción y desigualdad social jamás imaginada.
Roberto Rosique
Monday, April 10, 2017
Botero. El beso de judas. oil/canvas, 2010
Botero en Tijuana: odisea y oportunismo
Por Roberto Rosique
“Desde las figuras ampulosas del artista, el
sensacionalismo de un arte de inalcanzables precios, hasta la visibilidad
exacerbada por un acto de condescendencia aprovechada”
Sé que todo esto puede parecer una declaración
teatral, pero expone desde mi perspectiva dos realidades. La primera, es la
odisea para que esta colección de Fernando Botero Angulo (Medellín, 1932), el pintor
latinoamericano vivo más exitoso económicamente hablando, lograra exhibirse en
el Cubo del Centro Cultural Tijuana; en la que habría de considerarse las múltiples
implicaciones burocráticas que se sortearon, el enorme gasto que implicó
movilizar la muestra (seguro y manejo de obra) y tantas vicisitudes más que
resultaría ocioso describirlas. Hazaña que habrá de reconocérsele a la atinada
dirección de esta institución al mando de Pedro Ochoa quien da fe, que hacer
las cosas bien es posible, y ello coloca al Cecut en el vértice, cuando de
eventos relevantes se trata; porque posiciona a Tijuana (la ciudad anárquica)
en un alto nivel cultural y esto, de manera tangencial, retrata también a su
comunidad creativa y a una entidad que tiempo atrás contradijo los
calificaciones vaconcelistas dejando de ser páramo sin cultura. Una institución
que ofrece a la comunidad expresiones artísticas variadas para que el
espectador las coloque en el rincón que su conciencia considere pertinente. Bien
por ello.
Botero, alabado y odiado, por su trabajo, éxitos y
riqueza; un pintor modernista que desde los años sesenta logra abrirse camino
en el espinoso mercado del arte, escalando a la fama desde el SoHo (South of Houston Street) neoyorquino, en
aquel entonces un suburbio pobre que daba albergue a la comunidad creativa. Un
artista que se impuso apostando por un
formalismo plástico exaltado en lo voluminoso, un signo patognomónico que lo
hará distinguible por sobre cualquier otro pintor del orbe.
Creador de figuras cuya corporeidad abarcan casi la
totalidad del cuadro, con perspectivas a veces
arbitrarias (como lo es la escala de las figuras), las que modifica de acuerdo
a su importancia compositiva o temática y hace de estos medios un recurso, un
tanto lúdico, que guarda un acento irónico y una crítica social, la que se hace
aparente o se diluye, cuando lo voluminoso en vez de acentuar o evidenciar el
problema o el trauma, vuelve la escena jocosa y sensual (un término, este
último, con el que el autor describe a sus gruesos personajes). Recursos
técnicos que ante el asombro de la corpulencia convierte a sus obras satíricas
en festivas y graciosas, que resulta certero en muchos de sus trabajos
(bodegones, retratos, autorretratos, temas mitológicos y un largo etcétera) y
provocan el disfrute en el espectador y si bien este no es el único fin del
arte, es el que más atrae y entretiene al público; una intencionalidad bien
empleada, seguramente responsable de gran parte del éxito sus piezas.
No obstante, he de insistir, (y aquí la segunda
realidad) cuando de crítica al sistema se trata o de respaldo a la triste
realidad social, las cualidades físicas de sus representados (personas, cosas y
situaciones) transforman la amonestación o empatía de tal o cual escenario en
un asunto gracioso que puede descollar en la broma y el simplismo, y con ello
subvertir la idea esterilizando cualquier intención delatora o solidaria.
Para ejemplo recordemos la vieja pintura titulada Retrato oficial de la Junta Militar
(1971), una especie de sátira al gobierno castrense, al dictador y sus
seguidores serviles, los que plasma ataviados en su uniforme de gala y atuendos
costosos, todos rechonchos y sonrientes, impávidos a las moscas que le
sobrevuelan y que los ridiculiza, sin que se den por enterados. Sin embargo, si
la intención del autor es señalar con ese gesto lo maloliente del sistema, el
impacto visual de la obra lo contradice, pues ésta, colmada de voluminosidad, gracia
y armonía, deja en un plano secundario la imbecilidad que caracteriza a los
personajes, el contubernio cínico y sus atrocidades cometidas.
Fernando Botero.
Retrato oficial de la Junta Militar (1971), óleo sobre tela
Igual ejemplo de estas contradicciones son la serie Abu Ghraib, realizadas en el 2005, sobre
aquellos sucesos represivos emanados de la caja de Pandora de la milicia
norteamericana que el periodismo destapó y mostró al mundo sorprendiéndolo por
el horror, el cinismo y la brutalidad de la otrora policía del mundo, contra
iraquíes indefensos arrestados por supuestos actos terroristas. Obras “nacidas
de la ira de tal horror” según declara Fernando Botero en una entrevista que la
hacían para la exhibición de estos trabajos en un espacio expositivo de la
Universidad de California en Berkeley; confesión que, por supuesto, no se
pondría en duda. Sin embargo, lo dantesco de las escenas sometidas a las mismas
cualidades plásticas descritas con anterioridad, en que la exaltación de lo
corpóreo, el acartonamiento de las formas, la luminosidad teatral de las atmósferas, en donde, además,
los protagonistas son los reos y el antagonista no aparece o sólo deja ver la
bota que agrede y es invisibilizado restándole importancia al hecho; todo ello
vuelven triviales la agonía y la brutalidad de este acto inhumano, consecutivo
al odio y al racismo inducido por la ambición de un imperio verdugo.
Aquí la intención no es suficiente para justificarse,
como tampoco sus declaraciones de que “el arte es una acusación permanente”,
pues ante la abrumadora realidad, las imágenes bajo ese trato frívolo, las
vuelve inofensivas, groseras y ridículas; al hecho lo transforma en un acto
circense y el propósito sólo deja ver oportunismo.
Fernando Botero, de la serie Abu Ghraib (2005)
Lo mismo puede decirse de la serie que ha realizado
sobre la violencia provocada por el narcotráfico en Colombia (El carro bomba,
1999, La muerte de Pablo Escobar, 1999, La Masacre, 2000 y Pablo Escobar
muerto, 2006 y tantas más), imágenes nacidas de una realidad aterradora, en
donde la impunidad y corrupción del sistema han sido determinantes para su
expansión al mundo con el mismo modelo sanguinario y que los medios masivos de
comunicación han divulgado sin restricción alguna, volviéndolas digeribles al
grado de inocuidad, pero que al ser convertidas en trama plástica, tratadas con
la pincelada delicada y discreta de una capa de óleo sobre otra hasta que logra
una tesitura cromática que invita al tacto, en un ambiente de formas
voluminosas de placidez visual, Botero le destierra todo drama y las vuele
banales. Aquel grito desesperado que quisieron exaltar denunciando todo, es
convertido, por la magia del pincel, en murmullo de campanillas triviales
apenas perceptible.
Fernando Botero, masacre (1999)
De ese drama sin drama, de ese anacronismo nace
también Viacrucis, la pasión de Cristo
(2010-2011), ese recorrido al Calvario, que desde la aprehensión de Jesús se
convirtió en tormento hasta coronarlo con la crucifixión, que dado el ímpetu de
las acciones se han vuelto epitome del sufrimiento, que para el creyente no
tiene paragón con otro desconsuelo y ejemplifica la cúspide de su fe; visto a
través de los ojos pletóricos de Botero la redundancia de formas obesas y las
trivialidades de cambiar turbantes por sombreros, brazaletes por relojes o
volverse espectador ataviado y como voyeur espiar o ser testigo de la traición
de Judas desde una esquina del cuadro, hacen de este martirio un recorrido de
formas agraciadas por el trato suave del color, la exuberancia de la forma y
las miradas displicentes del resto de los protagonistas.
Un trato irreverente al suplicio que, o bien detalla y
denuncia una historia manipulada hasta el cansancio por la religión o convierte
al dolor, paliado por la impertinencia (evangelizado en bufonada), en una
mascarada más del oportunismo.
Fernando Botero, Jesus y la multitud (2010), serie Viacrucis
¿Dónde entonces ubicar estos cuadros repletos de carne
e ingeniosas formas?
Las aportaciones que esta manera de pintar tributa al
arte internacional, específicamente al producido en la modernidad, fue el hacer
un replanteamiento a los cánones (todavía inscritos en los parámetros griegos
de belleza) de las formas del cuerpo humano aceptadas como normales, y aunque
esta volumetría exaltada no deja de ser más que una cualidad formal equiparable
a cualquier otra manera de expresión como las vistas durante las vanguardias
históricas ataviadas de originalidad, no exime de méritos a la obra de Botero;
pues colocan también a estas pizas sui
generis bajo la premisa de la singularidad. Si bien ningún pintor las había
abordado de la manera en como este autor lo hizo, ello puede ser el mérito;
pero si además, el trabajo es propuesto y ubicado en el lugar y el momento
preciso (recordemos sus inicios neoyorquinos) esto resulta atractivo para un
mercado goloso de novedades que puedan ser transformadas en insumo del mismo.
La cuestión aquí (particularmente las piezas a que
hago referencia) no es la forma el problema sino la intención; el representar
con elementos antagónicos una situación, que aun cuando puede ser un recurso
meritorio por inverosímil, se diluye cuando la forma no corresponde al hecho,
sobre todo cuando bajo el pretexto del cuestionamiento y de la denuncia buscan
convencer mediante el empleo de estos recursos plásticos poco congruentes con
el suceso. Figuras que bajo cualquier análisis simple denotan otras cuestiones,
cuya discordancia disuelven el drama o minimizan la cruenta realidad
esgrimiendo únicamente el pretexto del estilo para su justificación.
Y no es que se tenga que hacer apología de estas
calamidades con imágenes miméticas (eso se ha hecho hasta la saciedad), lo que
es cuestionable y parece poco ético (aunque este concepto también hoy tenga
poca credibilidad) es valerse de esas situaciones, para que a través de la fama
que acompaña al artista y mediante el ardid publicitario, vender la idea del
hartazgo a la violencia, de las corruptelas del sistema, del compromiso con la
denuncia social y con la solidaridad, esto en el arte y en cualquier otra
actividad humana se conoce como oportunismo.
La Crucifixión (2011)
El arte en su amplísima acepción arropa un número casi
ilimitado de formas, situaciones y conceptos, de entre esa pluralidad unos de
sus fines ha sido la complacencia y la emotividad que genera (aunque hoy
sabemos bien de sus otras responsabilidades) y ese es un motivo que alienta a
muchos artistas a reproducirlo, porque además es bienvenido en el mercado. Es
incuestionable que todos tengan el mismo derecho a decidir en qué dirección
guiar su barco; pero cuando hay de por medio acciones premeditadas que
edulcoradas con el éxito y el pretexto de la ironía se ofrecen como muestra de
solidaridad y empatía con la pobreza, el dolor, la fe o a manera de denuncia a
la violencia, a la corrupción en todas sus formas imaginadas, las intenciones
veladas del autor salen a relucir no importa cuán carismáticos puedan ser sus personajes.
En el arte sabemos que no siempre se muestra lo que
es, que puede subvertir las situaciones o cosas, exagerar o minimizar, pecar de
veraces o falsas, su imponderable capacidad camaleónica sólo es comparable a su
libertad y en ese amplísimo precepto se cuela de todo; empero, mientras la guía
del mismo dependa de los designios del mercado (riqueza y fama), no dejarán de
sorprendernos con sus alcances propositivos, deshonestos o triviales.
Texto publicado el domingo 9 de abril en el suplemento cultural IDENTIDAD de El Mexicano.
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