Memoria desde la permanencia: diálogos
insulares
“Construir
memorias sin desarraigo”
R. Rosique
De Cuba a Tijuana, un tránsito que
dejó de ser extraño para nosotros cuando de cultura se trata, pues la movilidad
de los artistas, aun cuando responde a circunstancias históricas y personales
diversas, ha ido tejiendo una red de presencias que nos permite reconocer en este
espacio fronterizo un punto de encuentro donde confluyen memorias, lenguajes y
sensibilidades. El arribo de creadores cubanos, aunque no ha sido masivo, ha
resultado lo suficientemente constante y significativo como para mantenernos
atentos a las exploraciones plásticas de algunos de sus representantes,
quienes, al trasladar temporalmente su universo creativo a esta geografía, nos
ofrecen la posibilidad de dialogar con una tradición insular que se expande más
allá de sus límites geográficos y se abre a la experiencia compartida de la
frontera.
En esta
ocasión, la visita de José Antonio Hechavarría Rívas (Camagüey, Cuba, 1967),
destacado artista visual, escritor y profesor de arte, junto con Luis Garzón
(Santiago de Cuba, 1963) —artista y tambien docente, avecindado tiempo atrás entre
nosotros— ofrecen una muestra significativa de su vasta producción.
Se trata de
una muestra de creadores ligados por una fraternidad artística y vital que
hunde sus raíces en las juventudes y experiencia formativa compartidas en su
tierra natal, se reencuentran ahora en este espacio conspicuo de la frontera
norte para, en un canto a dos voces que se expande más allá de lo meramente
testimonial, mostrarse desde la densidad de sus vivencias compartidas, desde la
memoria que los une y desde la persistencia de una sensibilidad que, aun
atravesada por geografías distintas, conserva intacta la raíz común de la isla.
De las obras
que componen el enjambre plástico de José Antonio Hechavarría, se imponen dos
series que narran desde una mirada amplia empeños y preocupaciones; de esa
manera, sorteando el vacío suma formas, líneas y ante una explosión de colores, revelan un
universo personal sobrado de anhelos y tensiones; componentes que se sobreponen
a la nostalgia para abrirnos a otras derivaciones.
Las series Mosaicos
eclécticos y Nocturnas, constituyen dos registros de una misma
operación: la construcción de memoria desde la permanencia. Lejos del exilio,
el artista habita la isla y desde ella proyecta una poética que dialoga con
tradiciones remotas sin necesidad de desarraigo.
En
Mosaicos eclécticos, Hechavarría
articula una síntesis visual que trasciende la mera yuxtaposición
estilística: bajo la apariencia de códigos cubistas —la geometrización de
objetos y la carencia de perspectiva— operan alusiones al arte clásico y al
derivado del Oriente antiguo que funcionan como estratos de memoria cultural.
El ojo inamovible que el autor mantiene presente en cada obra constituye el
núcleo simbólico de la serie, esto es, la alusión directa a las creencias
populares del folklore insular caribeño —donde la mirada protege y vigila— y
simultáneamente evoca la simbología de los petroglifos egipcios, donde el ojo
es conocimiento y permanencia. Esta doble filiación —lo afrocubano y lo
faraónico— no es eclecticismo decorativo, es operación de sentido: el ojo que
todo lo ve se convierte, en la figura del exiliado o del desarraigado, en
memoria que no cede, presencia que persiste a pesar de la distancia geográfica.
La geometría cubista, lejos de ser mero formalismo moderno, se convierte en
armadura que sostiene estos significados
La barca infinita (2019) – serie Mosaicos
eclécticos- / Acrílico y pastel sobre lienzo, 105 x 80 cm
arcaicos, haciendo de cada obra un
dispositivo donde el pasado remoto y el presente migrante dialogan en
condiciones de igualdad.
La serie Nocturnas de Hechavarría Rivas concentran en formatos
pequeños una poética de la memoria insular donde rostros femeninos y símbolos
contextuales operan como dispositivos de resistencia contra el olvido. La
nocturnidad no es únicamente escenario atmosférico, es también condición
epistemológica que altera la percepción: la luz reducida exige lentitud, la
proximidad física obliga a la intimidad, y en ese espacio de vigilia forzada
emergen presencias que el día dispersaría. Los rostros de mujeres no son
retratos individuales son figuras arquetípicas que sostienen la memoria
colectiva del Caribe, evocando —como señala Maurice Halbwachs (2004)[1]—
los marcos simbólicos donde la identidad se articula; mientras que flores,
pájaros y elementos marinos funcionan como metáforas condensadas de una
geografía que ya no se habita pero que persiste en la densidad del aire
tropical.
Esta operación visual
elude la nostalgia documental para ejercer, siguiendo a Paul Ricoeur (2004),[2] un
compromiso ético con el pasado: mantener presente lo que de otro modo se
disolvería. El formato reducido es así elección política contra la
monumentalización del arte latinoamericano, exigiendo tiempo y cercanía como
contraparte a la urgencia espectacular; en
Sin título (2009) -serie
Nocturnas- / Acrílico sobre lienzo, 60 x 50 cm
última instancia, las Nocturnas son archivo de la vigilia, memoria pintada
que habita la penumbra sin clamar luz.
Leídas
conjuntamente, ambas series revelan la doble condición de la mirada cubana: la
necesidad de construir identidad pública —el mosaico, el ojo que exhibe su
complejidad— y la urgencia de preservar afecto privado —la nocturnidad, el
rostro que vigila. Una sin la otra sería incompleta: solo el mosaico caería en
exhibición cosmopolita, solo la noche en introspección incomunicada. Juntas,
son archivo de una experiencia que el arte latinoamericano frecuentemente
malentiende: la del creador que permanece, que desde la isla construye diálogo
con tradiciones globales sin ser consumido por ellas, que pinta para que la
memoria insular no se diluya en el olvido ni en la nostalgia fácil.
Roberto Rosique
Tijuana, B.
C., primavera, 2026
[1]
Halbwachs, M. (2004). La memoria colectiva (Trad. I. González). Zaragoza:
Prensas Universitarias de Zaragoza.
[2] Ricoeur, P. (2004). La
memoria, la historia, el olvido (Trad. A. Neira). Madrid: Editorial Trotta.


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