Wednesday, August 02, 2017

CUENTOSDEAMORYMUERTEYMUERTESPORAMOR









S
ergio Lugo, escritor sinaloense afincado en TJ ya desde algunos ayeres y autor también de la novela Huellas del alma, publicada en el 2008 por la editorial de este centro cultural. El libro que ahora nos reúne, impreso el año pasado por el Instituto Municipal de Cultura de Culiacán en su estado natal, denominado: Cuentos de amor y muerte y muertes por amor, un título intencionadamente reiterativo como para indicarnos que si pensamos en otros contenidos erraremos sobre la aventura que este libro depara. Buena intención. Con un breve prólogo de Gabriel Trujillo, y compuesto por ocho relatos hilvanados todos -tal lo indica el título-, por el amor y la muerte; en donde engarza también nostalgias, anhelos, dolor e injusticia. Todo un drama común existencial que el autor describe de forma amena y pormenorizada.
Haré un esbozo de ellos, con el ahorro de recurso necesario con el único fin de entusiasmarlos a su lectura y no mal-vender la historia (por cierto, el pecado más común del presentador de libros). Y digo mal-vender, por que frecuentemente con el entusiasmo provocado por el contenido o la amistad con el autor o la torpeza para comprender lo que realmente ofrece el libro, escribe uno percepciones tan particularizadas que bien pueden ser otras historias y eso vende o aleja en demasía al lector. Anticipo mi disculpa por si algo de esto último sucede con mi lectura.
Damián, título del primer relato y el nombre de un individuo con retraso mental que deambula, como tantos, sin ton ni son por la vida; estigmatizado desde la infancia por imágenes nada redentoras y supuestos derivados de su lógica restringida. Una perspectiva limitada que, por si fuera poco, lo llevará a confrontar su vida con la fatalidad.
El segundo relato titulado Rosalba, una solterona amargada que ronda en la soledad con su vejez acuesta, rememorando todo el tiempo su infortunio; sólo comprendida por su sobrino, otro solterón, bastante afines en ciertas circunstancias, enlazados por la sangre filial (si es que el término es pertinente) y el fracaso amoroso que cada uno experimenta. Una historia sobrada de nostalgias, rencores y dolor, que cierra el círculo con la indulgencia.
Olivia, título del tercer relato, hija del pecado, pues no sabían quién había sido el padre;  nieta de la curandera del pueblo Jesús Ventura, beata irrevocable, crece a su lado bajo la consigna de que el hombre sólo busca a la mujer para tener sexo. Protegida en exceso por su abuela hace difícil que hombre alguno se le acerque; sin embargo, la vida que tiene caminos tortuosos le reserva a Olivia un desenlace inesperado. El destino, parece remarcar Lugo en este cuento, es una línea trazada, a veces cruel e inexorablemente inamovible.
Le sigue una triada de cuentos breves de amor y muerte, en el Cuento 1, Patricio Lagarde un algodonero sinaloense, macho y parrandero, que muere intempestivamente en una situación suigeneris dejando a la viuda sumida en la vergüenza, el Cuento 2, Demetrio Valenciano, cobra una afrenta con un asesinato, que para desgracia de las familias dará pie a un odio perpetuado en la venganza, y el Cuento 3, Santiago, un borracho empedernido vive y muere entre ilusiones frustradas y anhelos fracturados por la indiferencia. Historias breves de cierre abrupto cuyo sustento, desde mi perspectiva,  recaen en lo directo del hecho narrado.
Chicho, el título del penúltimo cuento y nombre de un personaje colmado de tristeza que ha transcurrido su vida miserable recorriéndola en solitario sin hacer camino al andar, y ante la aparente indolencia de la vida se cierra su círculo en un hogar humilde y generoso que lo acoge.
Sangre seca, el texto final, que se desengancha de todos los anteriores por su tópico y contexto,  describe el drama doloroso que viven los indocumentados por alcanzar el sueño americano y que culmina, como es frecuente, en una lacerante realidad.
Historias sobradas de reproches, de creencias firmes -más por temor que convicción-, arropadas de la tradición religiosa que hace sumiso al hombre por miedo al castigo eterno de un dios creado por el mismo; esta figura omnipotente y dadivosa pero que castiga sin piedad la desobediencia; ¡vaya paradoja!.
Hogares descritos por Lugo con esmero, tan protagónicos como sus personajes, detallados bajo el drama ampuloso del recuerdo y la nostalgia; contextualizados en la provincia cuyas atmósferas también define con apasionamiento. 
Cuentos, en su mayoría (la excepción sería Sangre seca) anclados a un pasado remoto de un México campirano casi en el olvido, que hacen difícil, por momentos, no rememorar aquella tradición exacerbada por las imágenes idílicas de la fotografía de Figueroa de la época de oro del cine mexicano o por algunos pasajes rulfianos, donde el machismo, la sumisión, la ignorancia, la fe, el odio, el amor y la muerte, son el contexto en el que se desenvuelven, pero también lo que da corpus a los protagonistas.
Un narrador ágil que encuentra suficientes palabras claves para lograr la empatía entre lector y protagonista, que busca conmover y en varios momentos lo logra. Un recurso, por cierto, infalible para dejar huella que se hace imprescindible en el cuento y que, no obstante, también puede ser la tuerca floja que hace a la estructura frágil, por lo empalagoso en que puede convertirse el recurso.
Si bien se dice que los protagonistas del mundo literario son como una especie de proyección de lo propio,  no podría aseverarlo en estos cuentos de Lugo; sin embargo, sus historias, aun bajo el pretexto de la ficción, se derivan del sentido de la existencia, es por ello que podemos vernos reflejados o mejor, identificar a otros con prontitud en estas narraciones. Cuentos pues, hechos con pedazos de vida que transcurren en una realidad nada complaciente.
Los conmino a leerlos para que saquen sus propias conclusiones.

Roberto Rosique
Agosto primero, del 17, Cecut

Saturday, July 08, 2017

POSTABSTRACCION

Postabstracción
 (Un índice de insinuaciones)

Desde su aparición en los avatares de la modernidad europea, su consolidación en la propuesta neoyorquina y su largo recorrido a través de la historia, la abstracción nace, muere y resurge. Fluye de lo lírico al gesto, del color a la monocromía, reduciéndose en el plano o explayándose en la superficie como un todo; manteniendo siempre su condición silenciosa, como expresión sin voz, que sólo se refugia en el acto o en la emotividad que le dio origen.

Si bien las piezas de esta muestra, cuya estructura y componentes ligados a la modernidad dificultan desterrarla del compromiso formalista, hay una intención que abordada entre la paradoja de la aleatoriedad del pigmento esparcido en el plano y la dirección controlada del mismo (en una coalición entre geometrías euclidianas y fractales) y el objeto ocasional que emerge o se libera del soporte, con lo que se entreteje un discurso que persigue darle sentido a las ideas, y estas volverse aliento para lo narrativo.

En este universo postabstracto se deja atrás el peso del silencio, se apodera de otros componentes, hace alianzas y conforma un discurso en el que pueden advertirse, a más del gesto y la emoción, historias que germinan de las lecturas múltiples, confabuladas ─siempre─ con el espectador.

En un juego premeditado les proporciono voz al sugerir atmósferas que detonan la imaginación y es precisamente en ese instante, en que espectador y obra se amalgaman para dar lugar a su propia narrativa, a la historia personal con que se justifican. 

Obras propuestas como un contrasentido en donde el juego de las formas y lo cromático, en un índice de insinuaciones, se subleva al silencio, cierran el círculo y abren otros en espera nuevas posibilidades.


Roberto Rosique

Playas de Rosarito, B. C., Julio, 2017

Thursday, June 22, 2017

Bronce a Bronce a Plenitud de Jorge Marín, lejos de la gratuidad como sinónimo de democracia


Algunas palabras para el libro Bronce a Plenitud de Jorge Marín,  
lejos de la gratuidad como sinónimo de democracia.
Roberto Rosique


E
l libro Bronce en plenitud (2017), que fue presentado en las instalaciones de El Cubo del Centro Cultural Tijuana, este pasado miércoles 7 de junio, en una mesa de personalidades diversas en la que participaron Elena Catalán, coordinadora de logísticas expositivas y promotoría del Estudio Jorge Marín, Javier Villarreal, crítico y curador de la producción del escultor referido y autor de uno de los textos del libro, ambos de la Ciudad de México, así como Eduardo Lozano, curador independiente y director de Periférica, y el que esto escribe; después de las presentaciones protocolarias, del mensaje de los representantes del Estudio del escultor homenajeado y de las explicaciones de las razones de obsequiar el libro a todo asistente al evento, un acto inusitado sin lugar a dudas, así como el aclarar que el objetivo de tal acción fue específicamente el hecho de hacer más democrático el arte a través de esta medida.

El acto se desarrolló sin contratiempos y si bien lo expuesto provocó cierto escepticismo en relación a la idea de la democratización del arte, hubo una respuesta incipiente del auditorio, y no sé si fue porque esto los haya tomado desprevenido o por la satisfacción de tener entre sus manos un preciado libro de arte. Un aspecto que retomaré al final del texto que presento a continuación, el que preparé para la presentación a la cual fui invitado y que finalmente, los coordinadores del Estudio Marín, cambiaron por este modelo de diálogo y respuesta a una serie de preguntas propuestas por ellos y que en cierta forma resultaba interesante pues rompería un poco con la tradicionalidad de hablar de un libro que posteriormente sería leído. Con todo, anexo esta reseña del libro para quien no pudo acudir al evento, en espera de acercarlos a la producción de este escultor exitoso, criticado fuertemente por unos y alabado igualmente por otros y cierto es, bendecido por las preferencias del sistema; sin que ello implique, aclaro, desestimo de su producción controversial.

Un libro editado de manera impecable bajo el auspicio de la Secretaría de Cultura, la Cámara de Diputados (LXIII Legislatura) y la Fundación Piel de Bronce, A. C., que contempla, la producción escultórica de Jorge Marín realizada entre el 2005 y el 2016, que en este caso conforman un total de 34 obras vaciadas en bronce a la cera perdida y una de las piezas en resina; Un gran reto por el número elevado de obras y todas las implicaciones técnicas y logísticas que conlleva, que van desde la idea preconcebida, el boceto, el modelado o cualquier método empleado para su realización y el vaciado; lo que implica y como han de suponer un arduo trabajo.

Un libro que da la bienvenida con un close up esplendido que realiza Luis Armando Rodríguez Garza de la obra “Fuerza de gravedad” (2016); seguido del prólogo de Sandra Lorenzano que titula: Entre la tierra y el aire, nuestro propio rostro, que la autora propone a partir de los elementos: aire, tierra, agua y fuego, los que entrelaza con las obras del autor y correlaciona con alegorías que brotan particularmente de la mitología griega. Vincula así, el aire con las posibilidades que otorgan las alas de los personajes creados por Marín, desde su liviandad, el acto de flotar y toda la poética que implicaría el hecho de volar; el agua, homenajeada por Marín con las barcas que atraviesan nuestro espacio visual, que rompen con la inercia y transportan; la tierra, como origen y raíz, así como el lugar a donde habrá de volver al fenecer; y del fuego, que permite la alianza matérica y el moldeo del bronce con el que conforma sus piezas; pero también éste último como elemento mitificador de nuestra raza, cual metal mestizo, a decir de Carlos Fuentes según la prologuista, o la raza de bronce, la quinta raza, agregaría, aludiendo a José Vasconcelos. Entre estos elementos, escribe la autora, está “el camino por el que nos lleva Jorge Marín” (p.19).

Un texto en donde las obras consumadas para el presente, las encuentra ligadas al pasado, que ante el ánimo de la correlación y la buena voluntad, devela las emociones que provocan las obras de Jorge Marín en Sandra Lorenzano; palabras que discurre en una finísima línea de aproximaciones no siempre convincentes, a veces forzadas a una analogía poco clara; pero que con acertada razón reflejan lo que el escultor puntualiza “Me gusta que con mi obra se dé un dialogo muy íntimo: esa suerte de espejo donde tú mismo reflexiones sobre tus miedos, tus deseos, tus fantasías...” (pp.22, 23).

Otro texto aproximativo a la obra del escultor es el ensayo de Lily Kassner titulado: Jorge Marín o el ser en plenitud del ser, que “concibe como una celebración del evidente dominio de los recursos artísticos y de las técnicas requeridas que ostenta la obra magistral realizada los últimos años por Jorge Marín...” (p.131). En él describe la belleza proverbial y misteriosa que otorga el artista a la figura masculina, a las que Kassner atribuye “cualidades divinas o casi bestiales” (p.132), las que al proporcionarles alas nos las ofrece en un despliegue angelical ¿o demoníaco?  “Seres ambiguos, puesto que también podrían pasar por emblemáticas entidades protectoras, [que] se presentan de igual manera como una temible y poderosa especie de pertinaces guerreros e insaciables predadores” (pp.133, 134).

Personajes de expectante actitud, vueltos enigma cuando les adosa un antifaz o una máscara picuda y la autora correlaciona con la alegoría náhuatl del dios del viento (Ehécatl), el que sopla a través del pico de la careta y con su aliento inicia el movimiento del sol, anuncia y hace a un lado la lluvia, y trae la vida a lo que está inerte, o bien, liga a la Comedia del Arte (una forma de teatro italiano de la improvisación), con el que representan el drama o la tragedia. Lecturas propiciadas por las emblemáticas figuras de Marín sobradas de misterio; no obstante que, para el escultor, con el uso el antifaz busca una clara intención de objetivar. “Al cubrir la cara de mis personajes intento despersonalizarlos y dejar como único medio de expresión el cuerpo símbolo universal por sí mismo...” (Marín, p.146). Sin embargo, no con ello cierra las posibilidades de la reinterpretación, el propio autor conmina a ello.

Lily Kassner, hace también mención de las figuras fragmentadas, habla de lo fortuito de su origen y la cercanía que encuentra entre ellas y el Expresionismo alemán. Describe las propuestas ecuestres, las esculturas marineras (como designan las obras en las que Marín incluye canoas o embarcaciones); así como las piezas que representan una diversidad de personajes en plena acción de juegos circenses o gimnásticos, las que detalla y destaca sus cualidades. Casi al cierre de su ensayo se pregunta cuál ha sido la función de la escultura, hace un repaso de la historia de este género, habla de su función pedagógica o didáctica para ilustrar a las masas particularmente en el ámbito religioso, y hace mención de su papel ornamental.

La autora menciona entre los antecedentes de la producción de Jorge Marín, la estatuaria griega y  ejemplifica con la escultura el Auriga de Delfos (474, a. C.), uno de los pocos bronces griegos existentes, el que dada su verticalidad y cualidades técnicas del drapeado de la vestimenta ceñida al cuerpo por correas, asocia con algunas obras de Marín, y el Discóbolo (450 a. C.) cuya cualidad cinética y el extraordinario equilibrio, emparenta “con toda proporción guardada” subraya (p.150). Así también encuentra cercana la propuesta de Marín a Augusto Rodin y a su discípulo Antoine Bourdelle, y  declara la análoga intencionalidad subyacente entre Rodin y Marín y enfatiza en que “no obstante la sabiduría anatómica de la que hace alarde, sus figuras carecen de lógica en cuanto a proporciones, pues éstas sólo están justificadas por las exigencias de la emoción o el sentimiento correspondiente y las características psicológicas que plasmó, utilizando la dinámica del cuerpo humano según su propio criterio estético, para los fines artísticos que se propuso y logró ampliamente” (p.154).

En este sentido, agregaría, la perfección -matemáticamente hablando-, vuelve con frecuencia rígida e inexpresiva la representación pues relega lo emotivo que deriva de las aproximaciones y la intuición; razones (la perfección y la rigidez) de las que se desentienden las obras de Jorge Marín y que en tal ausencia los trabajos de este autor nacidos de la sagacidad, emocionan y generan empatía.

Es un texto amplio con muchos ejemplos y poco sustento, el que se ve debilitado también por las similitudes que propone entre el autor laureado y sus referentes que no convencen del todo, en el que pesa la plena identificación del crítico, su gusto y entusiasmo con la obra que analiza y ello reduce la visión neutral que dé cabida a las subjetividades también del lector; pero tampoco es obligado que sea de otra manera, el propio Jorge Marín anima a que sea el espectador el que asuma su responsabilidad interpretativa y con ello se justifica.

Y finalmente un excelente texto a dos voces escrito por Alesha Marcado y Javier V. Villarreal, que titulan: El instante perfecto, aludiendo al espacio urbano que da albergue a la obra de Marín y su correlación con él, y enfocan sus reflexiones en particular a cuatro obras, no a tres como menciona Alesha, en las que la escritora refiere “que despliegan algo íntimo abriendo la posibilidad a que las historias se multipliquen. [...] con capacidad de producir situaciones y lugares, y como tal, generar un entrecruzamiento de experiencias” (p.159). Obras que hablan de la transformación de los procesos creativos del artista, en las que encuentra “un gradual distanciamiento de los cuerpos angelicales y perfectos para tocar el alma a través de formas más humanas”, con las que reproduce, escribe la autora, un ambiente propicio para la contemplación y el disfrute del entorno urbano. En tanto que Javier Villarreal, considera que Jorge Marín aborda la calle “conformando obras que apelan a una estética conjunta entre símbolo y ciudad, un nuevo hábitat propicio para la imaginación, la indagación y el juego” (p.160). Insisten en su importancia como componente estático y estético de una urbe cambiante, en constante movimiento, obras que bien pueden leerse como remansos visuales, que seguramente, puedo suponer, atemperan la explosiva dinámica citadina y conminan a la reflexión.

Una de las obras: El ruido generado por el choque de los cuerpos (2016), compuesta por tres cuerpos  que permanecen de pie dentro de una embarcación cubiertos cada uno con telas a manera de un sudario que dibuja muy bien su figura y deja al descubierto los pies, generan incertidumbre, pues ocultan lo que ya sabemos y revelan desasosiego. “Esta obra, nos dice Villarreal, trasciende la habitual naturaleza ideal de los cuerpos que han dado fama a la obra de Jorge Martín” (p.164),  para acercarnos a una relación estética más apegada a lo sublime, entendido como aquello que estremece más allá de nuestros gustos.

Camino nuevo (2016), es una obra compuesta por una esfera y un ala. “Un ala postrada en el piso, refiere Alesha Mercado, puede no significar una derrota, simplemente tratarse de un nuevo comienzo” (p.171). Una obra incierta para Villarreal, “una ala completamente aterrizada, plantada, de la forma más literal, sobre la tierra” a manera de restos arqueológicos, como vestigios de un algo que fue y hoy es memoria, aferrada a no quedar en el olvido.

Balsa Tierra (2016), “Una obra de múltiples opuestos, refiere Villarreal, tierra, cielo y agua juegan simbólicamente en un mismo conjunto” (p.177), la balsa representa el agua, la tierra el hombre en cuclillas y el aire, al ser alado. “Tres instancias... […] tres distintas formas de tránsito y de habitar el espacio” (p.179).

Intercambio de contenidos (2016), “Aquí, apunta Alesha Mercado, hay un diálogo secreto […] aquí, se lleva a cabo un diálogo en muchos niveles: voz con voz, cuerpo con cuerpo y mirada con mirada. No hace falta decir mucho más” (p.183), y que según Villarreal, “apunta a lo fundamental del proceso de intercambio de comunicación, para llegar a entendimiento. […] la escultura media, simbólicamente, nuestras distancias internas: la balsa es nuestro cuerpo, un espacio que espera ser ocupado; los dos personajes, nuestras voces interiores que dialogan entre sí, se descubre, nos descubren, arrinconados en un espacio de nuestra mente.” (p.187).

Un libro en el que se hace el recuento de una parte de la amplia producción de Jorge Marín, en donde es posible detener la mirada y disfrutar las espléndidas reproducciones fotográficas con sus magníficos acercamientos que incitan al tacto, tal como seguramente sucedería al entrar en contacto directo con las piezas; una cualidad, por cierto, que le otorga la tridimensionalidad, así como el frío y eterno metal envejecido por las patinas. Singularidades que provocan, atraen y atrapan, cuerpos que con su atavío y antifaz comulgan con el misterio, tal se ha dicho; en donde la habilidad representacional lleva a la figura de la movilidad al equilibrio, de la contorsión a la lasitud, de las figuras que se yerguen casi hieráticas a las que contemplan en cuclillas; solitarias o en su conjunto siempre enigmáticas y silentes, que sólo encierran suposiciones, las que nacen de las inquietudes del que las contempla.

Obras que provocan los sentidos y emocionan, para eso están hechas; no hay en estas piezas intenciones de relatar hechos históricos, y toda narrativa que se desprende de ellas, cierto es que remiten a un juego de nostalgias, no son tampoco aforismos. Jorge Marín, se vale de la reinterpretación de los símbolos que ha manejado la humanidad por miles de años, así nos lo deja saber, y los reajusta para hacer un lenguaje propio de cada espectador (p.69).

Un libro esplendido, se ha dicho, pero que al ser presentado bajo la rúbrica de la gratitud, del regalo y esto como un gesto o una forma de democratización del arte, resulta un argumento con muy poco sustento para aceptar como válida tal premisa y no es para menos, pues quien patrocina: un organismo oficial de cultura y otro la Cámara de Diputados, provocan desconfianza, sobre todo este último gremio que ha dado muestras reiteradamente de su desconocimiento de la cultura, de su servilismo al partido que lo postula y no al pueblo a quien supuestamente se debe, de su actuar sin escrúpulos vendiéndose al mejor postor, haciendo del espacio oficial donde sesionan un chiquero en donde lo que predomina es exactamente la ausencia de democracia, y ante actos así, inexorablemente, se siembran dudas.

Una acción “generosa” que cuesta trabajo creer en su bondad y como consecuencia provoca interrogantes, los que van desde el hecho de quién y por qué se seleccionó a tal autor y no a otro u otros para una edición colaborativa (que a fin de cuenta resultaría más democrática). Un acto que por bien intencionado que sea resulta difícil entenderlo como tal, cuando se dice que hubo un tiraje de tres mil ejemplares, que para una acción masiva democratizante como se pretende, este número resulta menos que significativo. Un autor célebre y rico en su área ¿por qué habría de prestarse a este juego? que si bien es generoso resulta poco convincente en su pretensión.

Seguramente pensarán que siempre nos quejamos, que si ni nos dan, ¿por qué no nos dan, y si lo hacen ¿por qué lo hacen? y hay harta razón en ese reproche; más aún cuando el acto generoso de dar se ampara en la idea de la democratización, esto por ninguna razón debería cuestionarse, sólo agradecerse y divulgar la buena voluntad; pero cuando este accionar proviene de un donador poco usual y de dudosa reputación, que además, se lleva a cabo en circunstancias nacionales políticas, sociales y económicas críticas como las que vivimos en la actualidad, y cuando el descredito de estos organismos (ganado a pulso por ellos mismos) parece ser su condición natural; el regalo, aún cuando sea con la mejor intención del mundo, no dejará de causar suspicacias.

La cultura es un bien de todos y para todos, el arte cuando es patrocinado por organismos públicos también adquiere esas connotaciones y compromisos, nunca ha de ofrecerse condicionado pues de lo contrario sólo reluce la instrumentalidad del mismo y merma sus valores prioritarios.


Friday, June 02, 2017

La ridiculez del censurador y su oportunismo ramplón

La ridiculez del censurador y su oportunismo ramplón
(es difícil tragarse ese anzuelo y callar)

México (Bueno, Luis Videgaray bajo la anuencia de Pena Nieto) se indigna con la crisis venezolana y se auto-propone juez ante el conflicto que vive este país hermano. De nueva cuenta la maquiavelica participación de este personaje siniestro aconsejando al presidente (recuérdese la pifia de traer a Trump a los Pinos, donde este divo burlesco y gandalla se pitorrea del primer mandatario y de los mexicanos) para tomar una posición protagonista en su país, ante América Latina y el mundo. Lo que sin duda fue una bufonada; pero esto último de erigirse censor, es un cinismo difícil de dimensionar. Sancionar la crisis político-social de Venezuela, no es únicamente una declaración “Infame” como le increpa la ministra venezolana de Relacione Exteriores Delcy Rodríguez (las que Videgaray no refuta), sino tramposa, rastrera y perniciosa.
Denunciar al sistema socialista bolivariano como causante de tal conflicto, declarar una y otra vez el equivoco de tal manejo social (sin jamás mencionar la realidad que ha sido maquillada por la prensa mundial occidentalizada y manipulada por las fuerzas hegemónicas, donde Estados Unidos es el gran orquestador), resulta una desfachatez cínica sin fundamento y que no le da ningún derecho a recriminar, sobre todo, cuando la casa de este político faldero se desmorona por la necrosis de su estructura política.
Pero Videgaray, envalentonado lo hace con un protagonismo enfermizo e ignorante, y omite, porque ese es la razón de todo este asunto, la realidad de su propio país, el más corrupto de América, cuyo sistema político ha dado muestras una y otra vez de su incapacidad de gobernar, de la impunidad en todos los sentidos que como marca registrada hoy lo caracteriza, de la podredumbre política en cada uno de sus gobernantes (federales, estatales, municipales); una nación con mayor índice de analfabetismo, criminalidad y violencia comparativamente con la propia Venezuela que inculpa; señalando la paja en el ojo venezolano y desestimando la viga que desvergonzadamente nos cubre a los mexicanos.
La postura más cómoda es culpar a un tercero de sus fallas y así, ocultar una realidad apabullante de ineptitud que tiene al país en una crisis social que no tarda en estallar masivamente, provocada por una inflación desbordante imposible contener, con uno de los salarios mínimos más bajos ante el mundo, con una corrupción inconcebible sostenida por una impunidad galopante y una ineptitud abismal para la estabilización social y económica del país. La condición típica de declarar a lo buey, creyendo que el pueblo aplaudirá sus ocurrencias, dejó hace tiempo de ser la regla. Ser comparsa es penoso, pero ser pendejo y pensar que nadie se da cuenta es verdaderamente preocupante.
Venezuela y el resto de América Latina deberán denunciar y sancionar al gobierno mexicano por su servilismo con la unión americana y por llevar a su país a una corrupción y desigualdad social jamás imaginada.

Roberto Rosique

Monday, April 10, 2017

Botero. El beso de judas. oil/canvas, 2010

Botero en Tijuana: odisea y oportunismo
Por Roberto Rosique
“Desde las figuras ampulosas del artista, el sensacionalismo de un arte de inalcanzables precios, hasta la visibilidad exacerbada por un acto de condescendencia aprovechada”
Sé que todo esto puede parecer una declaración teatral, pero expone desde mi perspectiva dos realidades. La primera, es la odisea para que esta colección de Fernando Botero Angulo (Medellín, 1932), el pintor latinoamericano vivo más exitoso económicamente hablando, lograra exhibirse en el Cubo del Centro Cultural Tijuana; en la que habría de considerarse las múltiples implicaciones burocráticas que se sortearon, el enorme gasto que implicó movilizar la muestra (seguro y manejo de obra) y tantas vicisitudes más que resultaría ocioso describirlas. Hazaña que habrá de reconocérsele a la atinada dirección de esta institución al mando de Pedro Ochoa quien da fe, que hacer las cosas bien es posible, y ello coloca al Cecut en el vértice, cuando de eventos relevantes se trata; porque posiciona a Tijuana (la ciudad anárquica) en un alto nivel cultural y esto, de manera tangencial, retrata también a su comunidad creativa y a una entidad que tiempo atrás contradijo los calificaciones vaconcelistas dejando de ser páramo sin cultura. Una institución que ofrece a la comunidad expresiones artísticas variadas para que el espectador las coloque en el rincón que su conciencia considere pertinente. Bien por ello.
Botero, alabado y odiado, por su trabajo, éxitos y riqueza; un pintor modernista que desde los años sesenta logra abrirse camino en el espinoso mercado del arte, escalando a la fama desde el SoHo (South of Houston Street) neoyorquino, en aquel entonces un suburbio pobre que daba albergue a la comunidad creativa. Un artista que se impuso  apostando por un formalismo plástico exaltado en lo voluminoso, un signo patognomónico que lo hará distinguible por sobre cualquier otro pintor del orbe.
Creador de figuras cuya corporeidad abarcan casi la totalidad del cuadro, con perspectivas a veces arbitrarias (como lo es la escala de las figuras), las que modifica de acuerdo a su importancia compositiva o temática y hace de estos medios un recurso, un tanto lúdico, que guarda un acento irónico y una crítica social, la que se hace aparente o se diluye, cuando lo voluminoso en vez de acentuar o evidenciar el problema o el trauma, vuelve la escena jocosa y sensual (un término, este último, con el que el autor describe a sus gruesos personajes). Recursos técnicos que ante el asombro de la corpulencia convierte a sus obras satíricas en festivas y graciosas, que resulta certero en muchos de sus trabajos (bodegones, retratos, autorretratos, temas mitológicos y un largo etcétera) y provocan el disfrute en el espectador y si bien este no es el único fin del arte, es el que más atrae y entretiene al público; una intencionalidad bien empleada, seguramente responsable de gran parte del éxito sus piezas.
No obstante, he de insistir, (y aquí la segunda realidad) cuando de crítica al sistema se trata o de respaldo a la triste realidad social, las cualidades físicas de sus representados (personas, cosas y situaciones) transforman la amonestación o empatía de tal o cual escenario en un asunto gracioso que puede descollar en la broma y el simplismo, y con ello subvertir la idea esterilizando cualquier intención delatora o solidaria.  
Para ejemplo recordemos la vieja pintura titulada Retrato oficial de la Junta Militar (1971), una especie de sátira al gobierno castrense, al dictador y sus seguidores serviles, los que plasma ataviados en su uniforme de gala y atuendos costosos, todos rechonchos y sonrientes, impávidos a las moscas que le sobrevuelan y que los ridiculiza, sin que se den por enterados. Sin embargo, si la intención del autor es señalar con ese gesto lo maloliente del sistema, el impacto visual de la obra lo contradice, pues ésta, colmada de voluminosidad, gracia y armonía, deja en un plano secundario la imbecilidad que caracteriza a los personajes, el contubernio cínico y sus atrocidades cometidas.
 


Fernando Botero. Retrato oficial de la Junta Militar (1971), óleo sobre tela

Igual ejemplo de estas contradicciones son la serie Abu Ghraib, realizadas en el 2005, sobre aquellos sucesos represivos emanados de la caja de Pandora de la milicia norteamericana que el periodismo destapó y mostró al mundo sorprendiéndolo por el horror, el cinismo y la brutalidad de la otrora policía del mundo, contra iraquíes indefensos arrestados por supuestos actos terroristas. Obras “nacidas de la ira de tal horror” según declara Fernando Botero en una entrevista que la hacían para la exhibición de estos trabajos en un espacio expositivo de la Universidad de California en Berkeley; confesión que, por supuesto, no se pondría en duda. Sin embargo, lo dantesco de las escenas sometidas a las mismas cualidades plásticas descritas con anterioridad, en que la exaltación de lo corpóreo, el acartonamiento de las formas, la luminosidad  teatral de las atmósferas, en donde, además, los protagonistas son los reos y el antagonista no aparece o sólo deja ver la bota que agrede y es invisibilizado restándole importancia al hecho; todo ello vuelven triviales la agonía y la brutalidad de este acto inhumano, consecutivo al odio y al racismo inducido por la ambición de un imperio verdugo.
Aquí la intención no es suficiente para justificarse, como tampoco sus declaraciones de que “el arte es una acusación permanente”, pues ante la abrumadora realidad, las imágenes bajo ese trato frívolo, las vuelve inofensivas, groseras y ridículas; al hecho lo transforma en un acto circense y el propósito sólo deja ver oportunismo.
     

Fernando Botero, de la serie Abu Ghraib (2005)
Lo mismo puede decirse de la serie que ha realizado sobre la violencia provocada por el narcotráfico en Colombia (El carro bomba, 1999, La muerte de Pablo Escobar, 1999, La Masacre, 2000 y Pablo Escobar muerto, 2006 y tantas más), imágenes nacidas de una realidad aterradora, en donde la impunidad y corrupción del sistema han sido determinantes para su expansión al mundo con el mismo modelo sanguinario y que los medios masivos de comunicación han divulgado sin restricción alguna, volviéndolas digeribles al grado de inocuidad, pero que al ser convertidas en trama plástica, tratadas con la pincelada delicada y discreta de una capa de óleo sobre otra hasta que logra una tesitura cromática que invita al tacto, en un ambiente de formas voluminosas de placidez visual, Botero le destierra todo drama y las vuele banales. Aquel grito desesperado que quisieron exaltar denunciando todo, es convertido, por la magia del pincel, en murmullo de campanillas triviales apenas perceptible.
           

Fernando Botero, masacre (1999)                  
De ese drama sin drama, de ese anacronismo nace también Viacrucis, la pasión de Cristo (2010-2011), ese recorrido al Calvario, que desde la aprehensión de Jesús se convirtió en tormento hasta coronarlo con la crucifixión, que dado el ímpetu de las acciones se han vuelto epitome del sufrimiento, que para el creyente no tiene paragón con otro desconsuelo y ejemplifica la cúspide de su fe; visto a través de los ojos pletóricos de Botero la redundancia de formas obesas y las trivialidades de cambiar turbantes por sombreros, brazaletes por relojes o volverse espectador ataviado y como voyeur espiar o ser testigo de la traición de Judas desde una esquina del cuadro, hacen de este martirio un recorrido de formas agraciadas por el trato suave del color, la exuberancia de la forma y las miradas displicentes del resto de los protagonistas.
Un trato irreverente al suplicio que, o bien detalla y denuncia una historia manipulada hasta el cansancio por la religión o convierte al dolor, paliado por la impertinencia (evangelizado en bufonada), en una mascarada más del oportunismo.

Fernando Botero, Jesus y la multitud (2010), serie Viacrucis
¿Dónde entonces ubicar estos cuadros repletos de carne e ingeniosas formas?
Las aportaciones que esta manera de pintar tributa al arte internacional, específicamente al producido en la modernidad, fue el hacer un replanteamiento a los cánones (todavía inscritos en los parámetros griegos de belleza) de las formas del cuerpo humano aceptadas como normales, y aunque esta volumetría exaltada no deja de ser más que una cualidad formal equiparable a cualquier otra manera de expresión como las vistas durante las vanguardias históricas ataviadas de originalidad, no exime de méritos a la obra de Botero; pues colocan también a estas pizas sui generis bajo la premisa de la singularidad. Si bien ningún pintor las había abordado de la manera en como este autor lo hizo, ello puede ser el mérito; pero si además, el trabajo es propuesto y ubicado en el lugar y el momento preciso (recordemos sus inicios neoyorquinos) esto resulta atractivo para un mercado goloso de novedades que puedan ser transformadas en insumo del mismo.
La cuestión aquí (particularmente las piezas a que hago referencia) no es la forma el problema sino la intención; el representar con elementos antagónicos una situación, que aun cuando puede ser un recurso meritorio por inverosímil, se diluye cuando la forma no corresponde al hecho, sobre todo cuando bajo el pretexto del cuestionamiento y de la denuncia buscan convencer mediante el empleo de estos recursos plásticos poco congruentes con el suceso. Figuras que bajo cualquier análisis simple denotan otras cuestiones, cuya discordancia disuelven el drama o minimizan la cruenta realidad esgrimiendo únicamente el pretexto del estilo para su justificación.
Y no es que se tenga que hacer apología de estas calamidades con imágenes miméticas (eso se ha hecho hasta la saciedad), lo que es cuestionable y parece poco ético (aunque este concepto también hoy tenga poca credibilidad) es valerse de esas situaciones, para que a través de la fama que acompaña al artista y mediante el ardid publicitario, vender la idea del hartazgo a la violencia, de las corruptelas del sistema, del compromiso con la denuncia social y con la solidaridad, esto en el arte y en cualquier otra actividad humana se conoce como oportunismo.

        
                           La Crucifixión (2011)
El arte en su amplísima acepción arropa un número casi ilimitado de formas, situaciones y conceptos, de entre esa pluralidad unos de sus fines ha sido la complacencia y la emotividad que genera (aunque hoy sabemos bien de sus otras responsabilidades) y ese es un motivo que alienta a muchos artistas a reproducirlo, porque además es bienvenido en el mercado. Es incuestionable que todos tengan el mismo derecho a decidir en qué dirección guiar su barco; pero cuando hay de por medio acciones premeditadas que edulcoradas con el éxito y el pretexto de la ironía se ofrecen como muestra de solidaridad y empatía con la pobreza, el dolor, la fe o a manera de denuncia a la violencia, a la corrupción en todas sus formas imaginadas, las intenciones veladas del autor salen a relucir no importa cuán carismáticos puedan ser sus personajes.
En el arte sabemos que no siempre se muestra lo que es, que puede subvertir las situaciones o cosas, exagerar o minimizar, pecar de veraces o falsas, su imponderable capacidad camaleónica sólo es comparable a su libertad y en ese amplísimo precepto se cuela de todo; empero, mientras la guía del mismo dependa de los designios del mercado (riqueza y fama), no dejarán de sorprendernos con sus alcances propositivos, deshonestos o triviales.




Texto publicado el domingo 9 de abril en el suplemento cultural IDENTIDAD de El Mexicano.